
En el día del libro tuve la agradable sorpresa de recibir una llamada de mis compañeros del instituto. Me llamaron porque había ganado un concursillo literario que se hacía entre los profesores también. Como llevo un mes y medio de baja, acudí con gran alegría a la cita. Me alegré más por ver a compañeros y a alumnos que por el premio en sí, que era una alegría y un honor, pero no más que la de ver a mis alumnos y compañeros.
Me encontré, nada más entrar con un alumno muy especial: llamémosle Sergio. Quería saber cómo estaba, cuándo volvía, quería explicarme que había presentado un texto para St.Jordi... Sergio es un chico de segundo de ESO muy dulce, muy extrovertido en algunas ocasiones y muy tímido en otras, que busca el afecto y el apoyo del profesorado a falta del que le puedan brindar sus compañeros. Siempre le acompaña una niña con la que se entiende muy bien porque ella también es diferente, aunque los problemas de esta niña, llamémosla Laura, son de otra índole, pues son no sólo físicos sino también cognitivos, más graves (desde el punto de vista de los informes) que los de Sergio. Sin embargo, la unión de ellos dos les protege del mundo, especialmente de sus compañeros que no sólo se burlan de ellos, sino que, en el caso del chico (en que la “deficiencia” no es tan visible como en su compañera) le agreden.
Muchas veces, cuando acometo la lectura de cualquier volumen, me pregunto por qué leemos. Y qué sentirá Sergio cuando lee. Es un chico que se abstrae con facilidad, los profesores tenemos que prestar atención a ese devenir mental suyo que le pierde por quién sabe qué galaxias. Es necesario, en ocasiones, llamarle la atención con mucha delicadeza, para que conecte otra vez con el mundo real. O por lo menos, eso nos ha dicho el psicopedagogo: en principio es necesario para que no se vaya del todo por universos desconocidos y para que no lo repita demasiado a menudo.
Sergio es un gran lector. No sabe desenvolverse bien con sus compañeros porque tiene una sensibilidad diferente a la del resto del grupo . Hay que decir que es un grupo de currículum adaptado en el que todos tienen deficiencias de un tipo o de otro. Pero Sergio domina perfectamente el lenguaje, escribe relativamente bien y tiene una gran imaginación. Lee siempre y con ansiedad: devora las novelas y novelitas que le aconsejo (siempre con niños de por medio como protagonistas). Devoró con verdadera glotonería la versión adaptada del Lazarillo de Tormes. Viajaba con él de la mano, se entristecía ante su hambre, se reía con las “picardías” que cometía, se rebelaba ante la injusticia que le había tocado vivir a ese personaje. Porque injusto era, desde luego, tener que conformarse con aquel destino.
Leía hace poco que la literatura nos permite escoger: nos permite vivir otras vidas, nos permite crear las ensoñaciones de otros. En un volumen llamado L’effet-personnage dans le roman de Vincent Jouve, se explica con claridad que la lectura deja siempre en nosotros vacíos o blancos que tenemos que construir con nuestras propias ensoñaciones, con nuestra imaginación. Nuestros fantasmas (los de la lectura como los del momento en que empezamos a dormir o en el que nos despertamos, todos pasivos y activos a la vez) los dibujamos según nuestros condicionamientos personales, históricos, inconscientes (miedos, inseguridades, deseos, placeres que, en ocasiones, se remontan a la infancia).
Cuando nos encontramos delante de una película y previamente habíamos leído el libro, nos sentimos siempre traicionados: nuestros fantasmas ahora tienen cara y ojos, además, los ojos y la cara de otros fantasmas, los del director, que no son los nuestros. Decía Azcona que escribir es muy difícil porque había que poner el adjetivo al lado del nombre y que escribir guiones era más fácil porque el adjetivo lo ponía el director. Y no sólo eso, digo yo: el director no sólo pone un adjetivo, sino que describe ipso facto, a través de la imagen y, por eso, en muchas ocasiones no deja lugar al fantasma que crea, que sueña, que inventa.
Además, la literatura permite volver a vivir lo vivido a través del acto de contar. Y eso es lo que hace incansablemente Sergio. Escribe. Escribe cuentos, novelitas, poemas. Escribe y escribe. Lee y lee. Y habla y juega con su amiga Laura. Escribe porque comunicar la experiencia significa hacerla única. Cuando transmitimos datos, ideas, etc. personales y no sólo informaciones, lo hacemos porque necesitamos “verificarnos” ante el otro, demostrarnos, darnos esos límites fantasmales que da el director con la imagen o el escritor con el adjetivo (nunca suficiente, pues siempre seguirá habiendo blancos). La comunicación se produce para lograr ser vistos, lo cual es una contradicción, porque nunca nos veremos con los ojos del otro y por eso seremos siempre comunicadores en nuestro vano intento de poner en ojos ajenos nuestra mirada y luego contemplarnos a través de ellos. En definitiva, es la voluntad siempre irresoluta, de explicarnos a nosotros mismos.
Sergio intenta explicarse también cuando escribe a la par que vive otras vidas. De ese modo cada vez está más ausente, se explica más a sí mismo y se piensa, se ausenta de una vida problemática que no le apetece vivir. Él, como sostenía acerca del Lazarillo, seguramente cree que es injusto que le toque vivir una situación tan difícil como es la de su familia.
Sergio, cuando lee, cuando escribe, ya no respeta las convenciones sociales. No tiene por qué, pues inaugura las propias. Se inventa así un mundo diferente y actúa en el mundo real como actuaría en el mundo ficticio: con las convenciones del mundo ficticio. Por eso fracasa estrepitosamente su relación con el resto de compañeros que sí se insertan en las coordenadas de lo real y llenan sus blancos sociales a través de las conexiones que establece el tejido de la relación social, a través de la convención. Sergio no establece más que conexiones que nadie entiende. De ahí el desequilibrio con el resto del mundo.
Sergio es un niño que establece sus propias convenciones y conexiones a través de la lectura. A veces me pregunto si le hago un favor animándole a la lectura o si más bien le condeno a no entender los blancos de la realidad para que aprenda a completarlos. Sin embargo, en ocasiones me consuelo pensando que poco a poco va a ir descubriendo esos blancos necesarios de completar para poder sobrevivir. La lectura, hoy por hoy, es uno de los modos que tiene de salvar su yo a través de la aniquilación, en ocasiones total, de su identidad en la de otros, otros que no existen por lo que tienen de ficticio, pero siempre modelos que le enseñarán poco a poco cómo entender el mundo desde la sensibilidad.
Por eso seguiré animándole a que escriba sus historias de dragones que se meten por galerías subterráneas y a que lea historias que le permitan evadirse de vez en cuando de la injusticia que le toca vivir en la realidad.
Me encontré, nada más entrar con un alumno muy especial: llamémosle Sergio. Quería saber cómo estaba, cuándo volvía, quería explicarme que había presentado un texto para St.Jordi... Sergio es un chico de segundo de ESO muy dulce, muy extrovertido en algunas ocasiones y muy tímido en otras, que busca el afecto y el apoyo del profesorado a falta del que le puedan brindar sus compañeros. Siempre le acompaña una niña con la que se entiende muy bien porque ella también es diferente, aunque los problemas de esta niña, llamémosla Laura, son de otra índole, pues son no sólo físicos sino también cognitivos, más graves (desde el punto de vista de los informes) que los de Sergio. Sin embargo, la unión de ellos dos les protege del mundo, especialmente de sus compañeros que no sólo se burlan de ellos, sino que, en el caso del chico (en que la “deficiencia” no es tan visible como en su compañera) le agreden.
Muchas veces, cuando acometo la lectura de cualquier volumen, me pregunto por qué leemos. Y qué sentirá Sergio cuando lee. Es un chico que se abstrae con facilidad, los profesores tenemos que prestar atención a ese devenir mental suyo que le pierde por quién sabe qué galaxias. Es necesario, en ocasiones, llamarle la atención con mucha delicadeza, para que conecte otra vez con el mundo real. O por lo menos, eso nos ha dicho el psicopedagogo: en principio es necesario para que no se vaya del todo por universos desconocidos y para que no lo repita demasiado a menudo.
Sergio es un gran lector. No sabe desenvolverse bien con sus compañeros porque tiene una sensibilidad diferente a la del resto del grupo . Hay que decir que es un grupo de currículum adaptado en el que todos tienen deficiencias de un tipo o de otro. Pero Sergio domina perfectamente el lenguaje, escribe relativamente bien y tiene una gran imaginación. Lee siempre y con ansiedad: devora las novelas y novelitas que le aconsejo (siempre con niños de por medio como protagonistas). Devoró con verdadera glotonería la versión adaptada del Lazarillo de Tormes. Viajaba con él de la mano, se entristecía ante su hambre, se reía con las “picardías” que cometía, se rebelaba ante la injusticia que le había tocado vivir a ese personaje. Porque injusto era, desde luego, tener que conformarse con aquel destino.
Leía hace poco que la literatura nos permite escoger: nos permite vivir otras vidas, nos permite crear las ensoñaciones de otros. En un volumen llamado L’effet-personnage dans le roman de Vincent Jouve, se explica con claridad que la lectura deja siempre en nosotros vacíos o blancos que tenemos que construir con nuestras propias ensoñaciones, con nuestra imaginación. Nuestros fantasmas (los de la lectura como los del momento en que empezamos a dormir o en el que nos despertamos, todos pasivos y activos a la vez) los dibujamos según nuestros condicionamientos personales, históricos, inconscientes (miedos, inseguridades, deseos, placeres que, en ocasiones, se remontan a la infancia).
Cuando nos encontramos delante de una película y previamente habíamos leído el libro, nos sentimos siempre traicionados: nuestros fantasmas ahora tienen cara y ojos, además, los ojos y la cara de otros fantasmas, los del director, que no son los nuestros. Decía Azcona que escribir es muy difícil porque había que poner el adjetivo al lado del nombre y que escribir guiones era más fácil porque el adjetivo lo ponía el director. Y no sólo eso, digo yo: el director no sólo pone un adjetivo, sino que describe ipso facto, a través de la imagen y, por eso, en muchas ocasiones no deja lugar al fantasma que crea, que sueña, que inventa.
Además, la literatura permite volver a vivir lo vivido a través del acto de contar. Y eso es lo que hace incansablemente Sergio. Escribe. Escribe cuentos, novelitas, poemas. Escribe y escribe. Lee y lee. Y habla y juega con su amiga Laura. Escribe porque comunicar la experiencia significa hacerla única. Cuando transmitimos datos, ideas, etc. personales y no sólo informaciones, lo hacemos porque necesitamos “verificarnos” ante el otro, demostrarnos, darnos esos límites fantasmales que da el director con la imagen o el escritor con el adjetivo (nunca suficiente, pues siempre seguirá habiendo blancos). La comunicación se produce para lograr ser vistos, lo cual es una contradicción, porque nunca nos veremos con los ojos del otro y por eso seremos siempre comunicadores en nuestro vano intento de poner en ojos ajenos nuestra mirada y luego contemplarnos a través de ellos. En definitiva, es la voluntad siempre irresoluta, de explicarnos a nosotros mismos.
Sergio intenta explicarse también cuando escribe a la par que vive otras vidas. De ese modo cada vez está más ausente, se explica más a sí mismo y se piensa, se ausenta de una vida problemática que no le apetece vivir. Él, como sostenía acerca del Lazarillo, seguramente cree que es injusto que le toque vivir una situación tan difícil como es la de su familia.
Sergio, cuando lee, cuando escribe, ya no respeta las convenciones sociales. No tiene por qué, pues inaugura las propias. Se inventa así un mundo diferente y actúa en el mundo real como actuaría en el mundo ficticio: con las convenciones del mundo ficticio. Por eso fracasa estrepitosamente su relación con el resto de compañeros que sí se insertan en las coordenadas de lo real y llenan sus blancos sociales a través de las conexiones que establece el tejido de la relación social, a través de la convención. Sergio no establece más que conexiones que nadie entiende. De ahí el desequilibrio con el resto del mundo.
Sergio es un niño que establece sus propias convenciones y conexiones a través de la lectura. A veces me pregunto si le hago un favor animándole a la lectura o si más bien le condeno a no entender los blancos de la realidad para que aprenda a completarlos. Sin embargo, en ocasiones me consuelo pensando que poco a poco va a ir descubriendo esos blancos necesarios de completar para poder sobrevivir. La lectura, hoy por hoy, es uno de los modos que tiene de salvar su yo a través de la aniquilación, en ocasiones total, de su identidad en la de otros, otros que no existen por lo que tienen de ficticio, pero siempre modelos que le enseñarán poco a poco cómo entender el mundo desde la sensibilidad.
Por eso seguiré animándole a que escriba sus historias de dragones que se meten por galerías subterráneas y a que lea historias que le permitan evadirse de vez en cuando de la injusticia que le toca vivir en la realidad.


1 comentario:
Ya sé que no sirve de mucho pero yo también le animaría a leer cada día más.
Gracias por tu texto. Es precioso.
Y dicho esto... me voy a leer.
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