miércoles, 30 de abril de 2008

Crónicas del mundo oscuro



El día de hoy es el día de la conmemoración de lo que sufrieron las víctimas del así llamado holocausto nazi. Por eso hoy dedico mi entrada a Paul Steinberg y añado aquí algunas reflexiones, quizá algo académicas, acerca de la trayectoria del que jugó a estudiar química por afición y acabó salvando, gracias a ello, su propia vida.

Más allá de las disquisiciones de Adorno, creo que es necesario que sigamos escribiendo acerca de lo que pasó, de lo que sufrieron las víctimas y de lo que cambió la visión de la ética y de la estética. Es importante también que nuestros alumnos, muchas veces desconocedores de estos acontecimientos si no es por lo escabroso de los mismos, sepan. Es importante que les transmitamos esos conocimientos desde dentro, para que no los juzguen superficialmente, acostumbrados como están a las imágenes de terror y dolor que observan cada día en los telediarios.
Paul Steinberg estudiaba química porque le divertía: eso le salvó el pellejo. Buen ejemplo para nuestros alumnos, creo yo.
En este post acerca de la creación de Paul Steinberg, Crónicas del mundo oscuro pretendemos reflexionar sumariamente acerca de algunos de los aspectos que acompañan al autor del libro en tanto que sujeto determinado, de un modo distinto a Levi, pongamos por caso, por la experiencia vivida en Auschwitz. En concreto nos ha sorprendido, en este caso coincidiendo con Levi y Kertész, el estilo claro, directo y libre de sentimentalismos con el que, como buen testigo que intenta ser objetivo, explica los hechos que su memoria ha seleccionado para que sobrevivan a su propia existencia a través de la escritura.
Una de las afirmaciones, desde nuestro punto de vista, más sorprendentes de la narración es la que menciona en el epílogo. En ella sostiene que, cuando después de la barbarie se reincorporó a la vida civil, él creía que podría hacerlo sin que esa experiencia condicionara su vida futura (que en el momento de la narración es ya pasada). Primo Levi vivió atormentado por el sentimiento de vergüenza que intenta evitar en poemas como “Since then, at that incertain hour”; Améry se suicidió; Semprún ha dedicado toda una vida al compromiso político también ligado a los campos; Kertész decidió incluso no tener un hijo para no condenarle a ser judío... y así un largo etcétera.
El protagonista de la narración y el autor, que son la misma entidad, silencian lo ocurrido hasta cincuenta años después. Steinberg escribe a la edad de sesenta y ocho años. Ni siquiera él mismo sabría si iba a poder escribir, narrar lo increíble: quizás lo olvidara, quizá muriera antes, quizá tuviera alguna enfermedad que se lo impediría. Y sin embargo, esperó a hacerlo. No sobrevivió, como muchos otros, para dar testimonio de lo que vivió. O por lo menos nos justificó de ese modo su supervivencia
[i]. Steinberg sobrevivió porque estaba atado a la vida con lazos irrompibles por aquellos entonces. Él mismo señala que se sentía inmortal, que había visto tantas veces la muerte que ya no creía que fuera una cosa que le afectara. No se rinde ni una sola vez, sólo al final de su periplo, pero alguien le ayuda y, justo después, llega el final de la pesadilla. No es nunca un musulmán (en la jerga del campo, musulmán es el que está psicológicamente muerto, el que ya no tiene energías para vivir y deja que su mirada se pierda en la nada), no mira al vacío por muy débil que se sienta porque su meta es sobrevivir. Además, tiene suerte: incluso cuando han desaparecido sus nalgas (lo cual ocurre en dos ocasiones), se salva de la selección.
Es interesante observar cómo se considera afortunado, cómo evita en innumerables ocasiones otro destino al que se llega de diferentes modos: a través de las cámaras de gas, del trabajo forzado, de la enfermedad, del hambre... Todas facetas de un mismo destino: la muerte. Steinberg se considera un hombre con suerte. No se siente culpable, no siente vergüenza. Sostiene en una ocasión que, en su último viaje, se hizo con una hogaza de pan y que eso le permitió sobrevivir: no se culpa por haber arrebatado la hogaza de pan a otro ser humano que luchaba, como él, por la supervivencia.
No siente tampoco vergüenza por ser judío. Sintió la humillación en sus propias carnes. Se deshumanizó y se convirtió en una bestia más, pero las reflexiones acerca de la animalidad aparecen en menos ocasiones que en la narrativa de Levi que, en cambio, las analiza profundamente. Para él, ser judío, aparte de algún hábito que otro practicado durante su infancia, no tuvo relevancia hasta que llegó al campo de concentración. Es en el campo cuando se convierte en un verdadero judío. Y, es curioso, un judío no circuncidado que nunca hace valer esa arma para escapar del horror.
Steinberg no se plantea todas estas cuestiones del mismo modo en que lo hacen otros supervivientes por un motivo: pretende sobrevivir hasta el final y hacerlo por motivos individuales; pretende superar no sólo el horror de los campos de concentración, sino también la propia cotidianidad de la vida civil. Quiere alcanzar el bienestar, el regalo de la vida que, como él dice, ha podido disfrutar después de salir del mundo del mal.
Es interesante cómo Steinberg renuncia al ser, se convierte en un animal, como diría Levi, en una bestia. Pero es una bestia inteligente: sabe ahorrar energías (duerme y come todo lo que puede) y lo hace de forma consciente; se crea amistades que le puedan beneficiar; se aprovecha de sus cualidades para salvar el pellejo (es un individualista nato, como lo describe Levi). Es una bestia que se entrega al azar, que deja de ser, por lo tanto, por partida doble. Y, por último, y esto es lo que le salva, es una bestia, sí, pero como hemos dicho, una bestia con conciencia: conciencia de alabar a los más crueles asesinos pero a la vez, incapaz de robar un trozo de pan. Es consciente de que hacerlo significa matar a aquél al que se le roba. Es, además, justo: cuando le engañan con un cambio de dientes de oro por pan, él renuncia a su pan para que el viejo con el que había hecho el trato, no se sienta traicionado. Por último, creemos de vital importancia señalar el episodio del polaco: le azota. Le azota y es así como se sabe embrutecido. Ha entrado dentro de la lógica del campo. Se ha deshumanizado. Y, sin embargo, ese acontecimiento es uno de los pocos que le hace reflexionar de forma explícita en la narración: no sólo hace, sino que es. Es curioso, por tanto, que Steinberg haya sido capaz de soportar cincuenta años una vida aparentemente común cuando en realidad no lo era. Él mismo aclara por qué ha sobrevivido: se ha insertado en la civilización con su ética personal a cuestas, elaborada entonces.
Como hemos dicho, Steinberg no siente una vergüenza tan profunda como Levi, no rememora la trascendencia moral de las torturas, como Améry, por ejemplo. Sin embargo se horroriza cuando reflexiona acerca de lo que el campo ha dejado en él: la deshumanización. En su vida civil es incapaz de ofrecer caricias (se pregunta si esa situación se ve, además, agravada por el poco afecto recibido durante la infancia), no se inmuta ante la muerte ajena ni ante la propia, hace caso omiso de las desgracias cotidianas. La imagen que tortura a Steinberg, Steinberg escritor, es la de la indiferencia ante la muerte en el presente y en el pasado, la falta de ética global de entonces, cuando transportar cadáveres era muy parecido a cargar contenedores de productos químicos. Se horroriza ante esa imagen, ante la indiferencia por la muerte. Ésa es la culpabilidad de Steinberg, la que le hace estremecerse aún en el momento de la narración. Steinberg no sólo se horroriza por lo que hizo entonces, sino porque incluso ahora, aquellos actos hayan permitido que todavía hoy no se estremezca ante los avatares cotidianos. Steinberg elabora su ética entonces y la “civiliza” después, le otorga rasgos “culturales”, es decir, no naturales y, por lo tanto, artificiales. En el momento de la narración, se horroriza ante la idea de haber transportado cadáveres sin inmutarse. Se horroriza ante las acciones, pero no puede humanizarse completamente en tanto que no es capaz de empatía ante el dolor. La empatía carece de carácter cultural, es un sentimiento espontáneo del que Steinberg no es capaz en su vida civil.
Steinberg es una persona que, por lo tanto, ha sufrido en la vida civil la experiencia de Aushwitz (como sus hijos y su esposa de forma indirecta). Es una persona marcada por el hacer y el no-ser del pasado, por la ética personal que elaboró entonces y que ha conducido toda su vida. La animalidad y la deshumanización del pasado le han conducido a convertirse en un ser poco sensible a la desgracia y a las contrariedades del presente. Steinberg, ahora como entonces, todavía lucha por sobrevivir a través de la mirada mínima que supone el enfocar sólo la propia individualidad: la individualidad que lleva a ser, a existir. También los juicios de entonces, y lo de ahora, son individuales: mira con apego a un kapo que fue generoso con él ( y sólo con él) u odia a un kapo que fue cruel (normalmente éstos lo eran con la colectividad). Todo en el superviviente Steinberg se mide por la experiencia individual.
Tal es su afán por sobrevivir que decide callar. Él mismo advierte que cuando salió del horror los que le conocían le evitaban, y los que no podían evitarle, no querían escuchar. Steinberg calló (y no porque no le fueran a creer, como sí les pasó a otros supervivientes). Sabía que la memoria haría su función: curaría a través de la selección absurda y del olvido. El silencio haría el resto. Por eso, y no por otro motivo, tarda cincuenta años en escribir y lo hace en un momento en que ya no se cree tan inmortal, en un momento en que, debido a su edad, empieza a tener dudas sobre su perdurabilidad. Si procede a esa labor sólo entonces, pues, es porque necesita, ante todo, y sobre todo, ya no sólo hacer, protegido por el azar, sino ser, en definitiva: sobrevivir incluso durante la vida civil.
Ingenua, y sorprendente, su creencia de que aquello pudiera convertirse, como él mismo creyó, en un “impass”.



[i] “Per parte mia, avevo fermamente deciso che qualunque cosa mi accadesse non mi sarei tolto la vita. Volevo vedere tutto, vivere tutto, fare esperienza di tutto, trattenere tutto dentro di me. A che scopo, visto che non avrei mai avuto la possibilità di gridare al mondo quello che sapevo? Semplicemente perché non volevo togliermi di mezzo, non volevo sopprimere il testimone che potevo diventare, LANGBEIN, citado por AGAMBEN, G., Quel che resta di Auschwitz. L’archivio e il testimone, Bollati Boringhieri, Torino, 1998.


martes, 29 de abril de 2008

Lo real y lo ficticio: convenciones que suplen vacíos.



En el día del libro tuve la agradable sorpresa de recibir una llamada de mis compañeros del instituto. Me llamaron porque había ganado un concursillo literario que se hacía entre los profesores también. Como llevo un mes y medio de baja, acudí con gran alegría a la cita. Me alegré más por ver a compañeros y a alumnos que por el premio en sí, que era una alegría y un honor, pero no más que la de ver a mis alumnos y compañeros.
Me encontré, nada más entrar con un alumno muy especial: llamémosle Sergio. Quería saber cómo estaba, cuándo volvía, quería explicarme que había presentado un texto para St.Jordi... Sergio es un chico de segundo de ESO muy dulce, muy extrovertido en algunas ocasiones y muy tímido en otras, que busca el afecto y el apoyo del profesorado a falta del que le puedan brindar sus compañeros. Siempre le acompaña una niña con la que se entiende muy bien porque ella también es diferente, aunque los problemas de esta niña, llamémosla Laura, son de otra índole, pues son no sólo físicos sino también cognitivos, más graves (desde el punto de vista de los informes) que los de Sergio. Sin embargo, la unión de ellos dos les protege del mundo, especialmente de sus compañeros que no sólo se burlan de ellos, sino que, en el caso del chico (en que la “deficiencia” no es tan visible como en su compañera) le agreden.
Muchas veces, cuando acometo la lectura de cualquier volumen, me pregunto por qué leemos. Y qué sentirá Sergio cuando lee. Es un chico que se abstrae con facilidad, los profesores tenemos que prestar atención a ese devenir mental suyo que le pierde por quién sabe qué galaxias. Es necesario, en ocasiones, llamarle la atención con mucha delicadeza, para que conecte otra vez con el mundo real. O por lo menos, eso nos ha dicho el psicopedagogo: en principio es necesario para que no se vaya del todo por universos desconocidos y para que no lo repita demasiado a menudo.
Sergio es un gran lector. No sabe desenvolverse bien con sus compañeros porque tiene una sensibilidad diferente a la del resto del grupo . Hay que decir que es un grupo de currículum adaptado en el que todos tienen deficiencias de un tipo o de otro. Pero Sergio domina perfectamente el lenguaje, escribe relativamente bien y tiene una gran imaginación. Lee siempre y con ansiedad: devora las novelas y novelitas que le aconsejo (siempre con niños de por medio como protagonistas). Devoró con verdadera glotonería la versión adaptada del Lazarillo de Tormes. Viajaba con él de la mano, se entristecía ante su hambre, se reía con las “picardías” que cometía, se rebelaba ante la injusticia que le había tocado vivir a ese personaje. Porque injusto era, desde luego, tener que conformarse con aquel destino.
Leía hace poco que la literatura nos permite escoger: nos permite vivir otras vidas, nos permite crear las ensoñaciones de otros. En un volumen llamado L’effet-personnage dans le roman de Vincent Jouve, se explica con claridad que la lectura deja siempre en nosotros vacíos o blancos que tenemos que construir con nuestras propias ensoñaciones, con nuestra imaginación. Nuestros fantasmas (los de la lectura como los del momento en que empezamos a dormir o en el que nos despertamos, todos pasivos y activos a la vez) los dibujamos según nuestros condicionamientos personales, históricos, inconscientes (miedos, inseguridades, deseos, placeres que, en ocasiones, se remontan a la infancia).
Cuando nos encontramos delante de una película y previamente habíamos leído el libro, nos sentimos siempre traicionados: nuestros fantasmas ahora tienen cara y ojos, además, los ojos y la cara de otros fantasmas, los del director, que no son los nuestros. Decía Azcona que escribir es muy difícil porque había que poner el adjetivo al lado del nombre y que escribir guiones era más fácil porque el adjetivo lo ponía el director. Y no sólo eso, digo yo: el director no sólo pone un adjetivo, sino que describe ipso facto, a través de la imagen y, por eso, en muchas ocasiones no deja lugar al fantasma que crea, que sueña, que inventa.
Además, la literatura permite volver a vivir lo vivido a través del acto de contar. Y eso es lo que hace incansablemente Sergio. Escribe. Escribe cuentos, novelitas, poemas. Escribe y escribe. Lee y lee. Y habla y juega con su amiga Laura. Escribe porque comunicar la experiencia significa hacerla única. Cuando transmitimos datos, ideas, etc. personales y no sólo informaciones, lo hacemos porque necesitamos “verificarnos” ante el otro, demostrarnos, darnos esos límites fantasmales que da el director con la imagen o el escritor con el adjetivo (nunca suficiente, pues siempre seguirá habiendo blancos). La comunicación se produce para lograr ser vistos, lo cual es una contradicción, porque nunca nos veremos con los ojos del otro y por eso seremos siempre comunicadores en nuestro vano intento de poner en ojos ajenos nuestra mirada y luego contemplarnos a través de ellos. En definitiva, es la voluntad siempre irresoluta, de explicarnos a nosotros mismos.
Sergio intenta explicarse también cuando escribe a la par que vive otras vidas. De ese modo cada vez está más ausente, se explica más a sí mismo y se piensa, se ausenta de una vida problemática que no le apetece vivir. Él, como sostenía acerca del Lazarillo, seguramente cree que es injusto que le toque vivir una situación tan difícil como es la de su familia.
Sergio, cuando lee, cuando escribe, ya no respeta las convenciones sociales. No tiene por qué, pues inaugura las propias. Se inventa así un mundo diferente y actúa en el mundo real como actuaría en el mundo ficticio: con las convenciones del mundo ficticio. Por eso fracasa estrepitosamente su relación con el resto de compañeros que sí se insertan en las coordenadas de lo real y llenan sus blancos sociales a través de las conexiones que establece el tejido de la relación social, a través de la convención. Sergio no establece más que conexiones que nadie entiende. De ahí el desequilibrio con el resto del mundo.
Sergio es un niño que establece sus propias convenciones y conexiones a través de la lectura. A veces me pregunto si le hago un favor animándole a la lectura o si más bien le condeno a no entender los blancos de la realidad para que aprenda a completarlos. Sin embargo, en ocasiones me consuelo pensando que poco a poco va a ir descubriendo esos blancos necesarios de completar para poder sobrevivir. La lectura, hoy por hoy, es uno de los modos que tiene de salvar su yo a través de la aniquilación, en ocasiones total, de su identidad en la de otros, otros que no existen por lo que tienen de ficticio, pero siempre modelos que le enseñarán poco a poco cómo entender el mundo desde la sensibilidad.
Por eso seguiré animándole a que escriba sus historias de dragones que se meten por galerías subterráneas y a que lea historias que le permitan evadirse de vez en cuando de la injusticia que le toca vivir en la realidad.

miércoles, 23 de abril de 2008

Diada de Sant Jordi




En un día de letras,de sonidos, de olores, tactos, emociones, sonrisas e ilusiones, pues la literatura no es más que eso, ilusión, os regalo también la mía: la de continuar el viaje saboreando párrafos, versos, cadencias, pausas, palabras, puntos comas y sobre todo interrogaciones y exclamaciones. Un viaje que consiste en convertir en perceptible, sentido, tocado, olido, lo que todavía no es, un viaje que consiste en viajar: la lectura.


Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de peripecias, lleno de experiencias.
No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes,
ni la cólera del airado Posidón.
Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta
si tu pensamiento es elevado, si una exquisita
emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.
Los lestrigones y los cíclopes
y el feroz Posidón no podrán encontrarte
si tú no los llevas ya dentro, en tu alma,
si tu alma no los conjura ante ti.
Debes rogar que el viaje sea largo,
que sean muchos los días de verano;
que te vean arribar con gozo, alegremente,
a puertos que tú antes ignorabas.
Que puedas detenerte en los mercados de Fenicia,
y comprar unas bellas mercancías:
madreperlas, coral, ébano, y ámbar,
y perfumes placenteros de mil clases.
Acude a muchas ciudades del Egipto
para aprender, y aprender de quienes saben.
Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:
llegar allí, he aquí tu destino.
Mas no hagas con prisas tu camino;
mejor será que dure muchos años,
y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,
rico de cuanto habrás ganado en el camino.
No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ellas, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.
Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,
sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas.




KONSTANTINOS KAVAFIS

viernes, 18 de abril de 2008

El corazón helado


Os escribo bajo los efectos de una droga que me ha tenido atada al sofá durante unos cuantos días, cuyos poderes letales han hecho mella sobre mí, aniquilando mi voluntad, en especial durante las últimas horas de ayer y de hoy.
Acabo de leer la última página de los agradecimientos que Almudena Grandes expresa al final de su última novela El corazón helado. Estoy, en estos momentos, en estado de choc, con el corazón ardiendo y la mente congelada.
A veces, como dice un personaje de la novela, es mejor no saber, aunque la sabiduría nos haga entender, como dice otro personaje y reza en el comentario al título de mi blog, que “el todo es la suma de las partes mientras éstas se ignoren”.

Había oído comentar a mi padre que, en algún momento, el dinero no tuvo valor y las pesetas de antes de la guerra no servían para nada porque las habían suplantado por otras pesetas. Me lo explicaron cuando era pequeña. Recuerdo que me llevaron a la habitación de matrimonio y mi padre abrió una caja metálica. Me dijo: “Este dinero era del abuelo, pero ya no vale. Lo tenía la tía, ahora lo tengo yo, pero se lo devolveré porque es de todos, de tus tíos y mío. No le digas a nadie que tenemos este dinero aquí”. Yo no sabía muy bien si esa prohibición se debía a que quizás era malo tener aquel dinero allí o porque quizás era como un tesoro de mucho valor. Así que no le di más importancia. Creo que me quedé con la segunda opción, era más “novelera”.
Hace poco, antes de que empezara a leer esta novela, mi padre vino a comer a casa. Le cogía de paso porque iba a una reunión. Mi madre me dijo: “Es de lo del dinero de su padre.” Yo, que nunca me había interesado por la historia, pensé: “Ah, lo de la caja metálica”. Y ahí se quedó todo. Cuando volvió de dicha reunión, mi padre explicó que habían formado una asociación para que aprobaran la Ley de la memoria histórica, para que devolvieran a los individuos, no sólo a los sindicatos o a los partidos, lo que la guerra (por decir algo) les había quitado. Pensé que era una batalla perdida. “A buenas horas”, como piensan algunos, la mayoría, de los personajes que pueblan El corazón helado.
Me da igual que le devuelvan ese dinero a mi padre. Las tierras de mi abuelo, los animales con los que hacía de transportista y que le quitaron después de que los republicanos perdieran, no le van a servir ya para nada, aunque se los devolvieran. La suma que conserva él o mis tíos, eso no lo sé, es una cantidad que, hoy, cualquiera tildaría de ridícula.
Pero mi padre sigue empeñado en que le devuelvan lo que fue suyo. Después de leer la novela, entiendo mejor los motivos.
Yo no me había interesado por esa historia hasta que empecé a leer la novela de Almudena Grandes. Cuando estaba empezando a intuir el eje de la trama, le pregunté a mi padre sobre el dinero del abuelo, porque me parecía que tenía bastante que ver con lo que se explicaba en la novela. No ha sabido responderme a casi ninguna pregunta. “Pero el abuelo era republicano, ¿verdad?” Mi padre respondió con rapidez: “Luchó en el bando de los republicanos. Estaba en zona republicana, pasaron con un camión y se lo llevaron al frente”. Ahí es cuando se me vino todo abajo: ya no podría continuar leyendo e imaginarme que mi abuelo era como los personajes que se me aparecían mientras leía. Yo creía que, como en la novela de Almudena, los que luchaban estaban totalmente convencidos de lo que hacían, pero mi padre se encargó de darme la versión no elaborada, la simple, la "automatizada", la que había vivido él: “No, al abuelo lo cogieron y se tuvo que ir al frente. El abuelo no era nada, estaba en zona republicana, pero no era nada. Si no te subías al camión, te mataban, así de sencillo”. Siempre había pensado que mi abuelo era republicano, me sentía orgullosa de ese pasado mío, nuestro. Por eso, cuando iba a la tumba de Antonio Machado y mi profesora de literatura colocaba la bandera republicana encima, yo temblaba por dentro porque sabía, creía, que esa bandera era también mía, de mi familia. “¿No te he contado lo de la manta?” “Sí, papá, me lo has contado un montón de veces, lo de que estaba en el paredón pero no le mataron...” Me lo había contado muchas veces, pero me lo volvió a explicar: “El abuelo estaba en el pelotón de fusilamiento, lo iban a matar, pero un hombre dijo: "A ése de ahí, no, ése se viene conmigo" y se lo llevó. El abuelo, antes de perder la guerra, lo había cogido prisionero, a él y su familia, y como vio que los niños tenían frío, le dijo: "Ahora, cuando yo desfile hacia el otro lado, usted levántese y coja mantas para sus hijos. Cuando yo me gire."El hombre hizo lo que el abuelo le dijo, ¡a ver! No le fusilaron porque le había dado una manta para sus hijos y se acordaba de él”. Me sabía la historia de memoria, me la había contado cuando era pequeña. Siempre me había fascinado. Me quedé callada porque me volvía a fascinar aunque la hubiera escuchado tantas veces. “El abuelo no era nada: si le dio la manta al otro...” Y ahí se acabó el comentario. Mi padre siguió pensando en sus cosas y no dijo nada más. Cuando perdió la guerra, le salvaron la vida, pero le quitaron los animales. Así la vida sería mucho más dura, sin nada que llevarse a la boca ni él, ni su familia. Yo proseguí: “Pero lo del dinero... En la novela los personajes cambian las pesetas por monedas de oro porque intuyen que ese dinero no va a servir para nada...” No me dejó acabar, no me miraba, no me había explicado nunca de dónde había salido aquel dinero. No creo que le diera vergüenza explicarlo, reconocerlo, pero no me miraba: “Ese dinero era del estraperlo. No lo cambió nunca porque le iban a preguntar de dónde sacaba él tanto dinero. Le iban a hacer preguntas”. Supongo que mi abuelo prefirió guardárselo porque todo el mundo pensaba que cuando los aliados ganaran, iban a echar a Franco. Pero, como muy bien denuncia (porque no lo dice, lo denuncia) Almudena, eso no fue así. Porque los españoles, y ahí está la denuncia, eran “los parias de la tierra”.

Empecé a leer la novela de Almudena con ese recuerdo en casi todas sus páginas. Pero a mitad de la lectura se me ocurrió preguntarle a mi padre, pues yo quería convertir a mi abuelo en un héroe como los del libro. Sin embargo, yo ignoraba que mi “abuelo no era nada”. Siempre había pensado que había sido republicano acérrimo y convencido por el tono con que mi padre lo decía. La novela me había ayudado a sentirme orgullosa de él. Pero “el abuelo no era nada”.

Mientras escribo esto sigo estando en estado de choc. Entusiasmada por una novela en la que todo es maravilloso, hasta el simple acto de vestir una camiseta de tirantes, de ponerse o no el cinturón de seguridad en el coche, todo es trascendental.

Leía ayer que no es tan interesante el argumento de una historia como el modo en que se cuenta la historia, lo del showing y el telling, vamos. Eso es lo que convierte la historia en relato, lo que permite que unos acontecimientos provoquen, no sólo intriga, sino placer en el que los lee.
Sabía cómo iba a acabar la novela y, sin embargo, su prosa, sus diálogos, cómo enreda y desenreda los blancos con los que el lector, acostumbrado a que todos los narradores le castiguen, se conforma a lo largo de novecientas páginas, me han retenido hasta el final. Conteniendo el aliento, enamorada de los actos pequeños y grandiosos de esos personajes que cierran o abren los ojos, que nos cierran o abren los ojos a los españolitos de pandereta que somos todavía hoy.
Almudena sabe, como nadie, desenredar lo nimio y convertirlo en grandioso, en irrepetible, en excepcional. Cuando mis alumnos me pregunten qué es la literatura, sé qué les voy a contestar la próxima vez: es convertir en grande, en prodigioso, algo pequeño, algo vulgar. No me digan ustedes que la historia que he contado yo de mi abuelo no es vulgar. Lo es porque sale en los periódicos y los medios hablan, de vez en cuando, de la memoria histórica. Y todas esas personas salen en una foto reclamando lo que creen que es suyo. Es una historia vulgar. Sin embargo, Almudena sabe enredar toda esa vulgaridad en el trabalenguas de las palabras, de las vivencias de personajes que no existen pero que son; trasciende lo normal a través de pensamientos que se repiten como se repite la vulgaridad, de comparaciones que rozan lo metonímico, de diálogos fluidos que parecen sacados de un guión escrito en un portal de Madrid o en la calle del pueblo de mi padre, donde las mujeres se sientan a comer pipas, a hacer punto, a ver cómo se divierten los niños en bicicleta pisando los excrementos de las ovejas que acaban de pasar minutos antes por allí. Y así, con esa espontaneidad, con esa naturalidad, con esa soltura, con esa gracia (palabra muy española, por cierto), van pasando las horas, igual de quietas que el paisaje manchego, un mar amarillo, que las rodea. Igual son los diálogos de esta novela.
Consigue que nos sintamos partícipes de ese mundo, de esa realidad que, para bien o para mal, aunque a algunos se les haya olvidado, aunque crean que nos hemos olvidado todos, es la nuestra. Guiños literarios que al lector avisado le hacen sentirse como en casa, autocitas continuas que el narrador recupera de modo que el lector sepa a qué clavo ardiendo tiene que agarrarse, escenarios madrileños por todos conocidos e intuidos, personajes reales, históricos que no aparecen ahí por su grandeza, sino para situarnos en lo que hoy somos después de ayer; expresiones y refranes que sólo los españoles (o los que han vivido en España durante mucho tiempo) podemos reconocer; palabras castizas que nos reconcilian con nuestra lengua, con el legado de los abuelos que hoy no están pero que, en Barcelona, seguían hablando como en la Mancha; decorados hogareños que sólo podemos imaginar (los más jóvenes, por lo menos) gracias a las películas de Almodóvar... El lector se tiene que rendir, indefenso, ante lo que es parte de la Historia, de su historia y llevarse a esos personajes a la cama, como si formaran parte de su intimidad.

Almudena rinde tributo a las personas que no tuvieron nombre y que pensaron en un mundo mejor; Almudena nos presenta a los que no tuvieron (no tienen, diría yo) memoria ni escrúpulos. Aparecen dibujados con simpatía los maestros, que arriesgaron sus vidas defendiendo la alfabetización para todos; las mujeres que fueron capaces de abandonar a los hombres grises por amor; los políticos que resistieron y los que no; los exiliados que lo perdieron todo pero nunca la dignidad; los que apoyaron el golpe pensando que iba a mejorar su país (porque las dos Españas, de eso estoy segura, siempre han querido lo mejor para este país, otra cosa es para qué ciudadanos de este país querían –y quieren- lo mejor); las mujeres que, de repente, se quedaban sin maridos y con las barrigas hinchadas; los que tuvieron que cerrar la boca y vivir toda la vida con miedo; los que enseñaron a sus hijos la bondad, aunque no fueran buenos. O aunque lo fueran, como la madre de Julio, una maestra que me recordaba a las mujeres de la película Libertarias pero también al maestro de La lengua de las mariposas. O aunque lo fueran y perdieran la bondad, o aunque lo fueran y perdieran todo, todo, menos la dignidad.
Faltan personas, personajes, faltan “los topos”, por ejemplo. Mi tío fue uno de ellos: vivió diez años escondido en una doble pared de su casa. Yo lo conocí cuando ya se había vuelto loco. “No es para menos, no es para menos”, pensé yo cuando le conocí. Yo tenía sólo nueve años.
Faltan personas porque la literatura suple la vida, nos da mil vidas más para vivir, además de la nuestra. Sin embargo, no nos las da todas. Por eso, por eso, seguimos leyendo, seguimos imaginando, seguimos concretando los blancos de las escritura.
Ahora, que acabo de cerrar esta novela, que he vuelto a mirar la contraportada, que he acariciado las tapas ya bastante arrugadas que la cubren, ahora ya me da igual que la historia de mi abuelo no sea la misma que la de estos héroes, que él no sea un héroe. Me basta saber que estos héroes existieron y que, si no existieron, Almudena los ha sabido dibujar con tanto amor, con tanta constancia, con tanto detalle... Yo, anoche, pude soñar con ellos.
Gracias, Almudena, gracias. Porque me has explicado, porque nos has explicado, a los treintañeros de hoy, lo que somos, lo que fueron nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros bisabuelos. Gracias por explicarnos lo que no explican en los manuales de historia, por recordarnos que es cierto, que en este país las manzanas están siempre en el suelo, nadie es culpable de haberlas tirado. Los culpables se pusieron maquillaje, como la madre de Álvaro, y ahí están, vestidos de azul.
Gracias.

jueves, 17 de abril de 2008

Si bastasen un par de voluntades




Imaginemos un centro de secundaria en el que hay un Aula Oberta: adolescentes con problemas actitudinales que trabajan en otro tipo de actividades diferentes a las del común de los mortales.
Estos alumnos necesitan, claro está, una atención especial de parte del profesorado. Son alumnos que sufren, en su mayoría, situaciones familiares difíciles y que, desafortunadamente, carecen de referentes: los suyos son los que ven en las pantallas de sus ordenadores (si los tienen, porque no todos gozan de ese privilegio) o de sus televisores.
Estos alumnos supuestamente tienen un currículum diferente al de sus compañeros y participan en actividades especialmente diseñadas para ellos. En la práctica no conozco ningún centro (de los que yo conozco, que no son una infinidad, desde luego) que haya realizado una propuesta real para estos alumnos. No hay proyectos, ni manuales, ni directrices de cómo tratar a este tipo de alumnado, ni de qué enseñarle. En la Formació de la Generalitat había un curso a una hora y cuarto de distancia de casa. Sin comentarios: centros con Aula Oberta hay en casi todas las poblaciones.
Así, el profesor que se ve ante la tesitura de aportar algo a estos estudiantes se encuentra perdido, sin instrumentos, asustado y muchas veces desmotivado ante alumnos que le hacen perder la ilusión, si se mira desde un punto de vista de cantidad y calidad de los conocimientos transmitidos. La labor en el Aula Oberta, en muchas ocasiones, es desesperante para el profesor. En otras, muy pocas, desde un punto de vista afectivo, enormemente gratificante.
Sin embargo, el profesor no tiene la obligación de ser un “dador de afectividad y de atención” sino un transmisor de conocimientos. Eso es lo que se supone que significa “profesor”, que no educador. Sin embargo, queridos lectores, los tiempos han cambiado. Y, desde mi humilde opinión, deberíamos ser capaces de estar a la altura de las circunstancias. O por lo menos, intentarlo.
Hoy, la realidad de las aulas es la que es y la hemos construido nosotros con el mundo que damos a nuestros adolescentes. No son ellos los que idearon el culto al cuerpo, a las drogas, al sexo. Ellos imitan conductas que son, en muchas ocasiones, modelos de conducta que nos venden como envidiables. No quiero quitarles la responsabilidad que, sin duda, tienen también en las situaciones que se viven en las aulas, sin embargo, no podemos culparles de su miopía si nosotros les dibujamos un mundo, en muchas ocasiones, más borroso que nítido.
Si ese servicio, el Aula Oberta, se crea, digo yo, que será para dar una enseñanza óptima, no sólo a los alumnos que podrán hacer clase sin que los más conflictivos distorsionen. Ese servicio está también para darles una oportunidad a estos chicos que necesitan de más comprensión, más límites, más cariño, más disciplina, más motivación, más conocimientos, más competencias básicas, más de lo poco y menos que ellos tienen. Los profesionales que trabajamos con ellos, en muchas ocasiones, salimos del aula no sólo nerviosos, sino casi desangelados y sin aliento.
Con todo, creo que es nuestra obligación luchar también por este tipo de alumnado. Ellos formarán también parte de nuestra sociedad. Ellos están condenados desde sus nacimientos a llevar una vida no ya difícil, sino diferente a la de la mayoría de sus compañeros. Por eso, me pregunto por qué en los institutos donde he estado, estos alumnos son asignados siempre a los que llegarán, a los interinos que no conocemos y que, por lo tanto, no nos importa si sufrirán en sus clases o no, si encontrarán un proyecto o no [sic], si se sentirán apoyados por la dirección, o no. Me pregunto qué está fallando: o tenemos profesionales vocacionales preparados para gestionar a este tipo de alumnado o, también desde la escuela, dejándolos para el último de la fila, seguiremos colaborando a su marginación.

miércoles, 16 de abril de 2008

El desarraigo


La de transmisor de conocimientos es una profesión, como muchas, desagradecida. Sin embargo, la de ser profesor es desagradecida, creo yo, por partida doble: por un lado, recibes comentarios que son ofensivos (otra cosa es que te ofendan o no, pero de eso hablaré otro día) y, a cambio, regalas el conocimiento que, con mucho esfuerzo, has ido consiguiendo a lo largo de los años; por otro lado, cuando ese conocimiento es aceptado y asumido de buena gana, sabes que nunca verás sus frutos.
Enseñamos (y educamos, que para eso han cambiado el nombre del antigua Departament d’Educació, actualmente, Departament d’Ensenyament) a adolescentes que se forman, que se están todavía construyendo, no sólo intelectual y psíquicamente, sino físicamente. Les regalamos certezas, incertidumbre, dolores, alegrías, sonrisas, imposiciones, conocimientos, experiencias personales y académicas, cariño, sinceridad, elogios y críticas... Y nunca veremos adónde va todo eso. Seguramente, tampoco el que está todo el día en una cadena de montaje verá adónde va el coche que construye. Sin embargo los ve por la calle y sabe que el proyecto ha salido adelante. Nosotros, los profesores, leemos el informe Pisa o escuchamos al Sr. Cuní en la televisión poniéndonos verdes, o leemos La Vanguardia cuando dice que somos los mejor pagados (en fin, en lugar de desear que todos cobráramos 1500 euros al mes, parece que es mejor bajar el sueldo de los profesionales...).
Si queremos respondernos a la pregunta de si nuestra labor fructifica, tenemos que mirar a la sociedad que llega como conjunto. A veces es desolador. Otras, cuando sabes que los jóvenes se comprometen, en tu vanidad, piensas que quizá estés contribuyendo a ello.
Los profesores no vemos a nuestros alumnos en la universidad, cuando usan los conocimientos que les hemos aportado para ser mejores profesionales (no necesariamente para ser mejores personas).
Sin embargo, hay excepciones. Hace un tiempo, casualmente, fui a la población en la que antes enseñaba. Me encontré con tres alumnas: las tres siguieron mi recomendación y ahora estudian inglés en la Escuela Oficial de Idiomas. Cuando les explicaba que era importante que aprendieran inglés y no sólo que aprobaran mi asignatura (antes yo enseñaba inglés), me daba la sensación de que estaba perdiendo el tiempo, de que me preocupaba por ellos para nada. Aquellos alumnos vivían en una zona desfavorecida, por lo que la Escuela Oficial era una buena alternativa para ellos. Lo repetí a lo largo de todo el curso. Aquel día, al salir de dicha escuela a la fui para ver a una compañera, me las encontré.
Maravilloso. Por un momento, cuando me explicaron sus proyectos, sus ilusiones, sus metas, sentí que había valido la pena.
Me fui porque tenían que entrar en el aula. Mientras caminaba hacia la estación de tren me las imaginaba a las tres, tres personitas, en el aula, con un montón de adultos. Aprendiendo inglés. Y sentí un vacío en el estómago que es difícil de explicar. Me dije a mí misma que no tenía sentido darle más vueltas: “Es así. Nunca sabrás si la tal ha estudiado medicina o la cual biología. Tú hiciste tu labor y ahí acaba eso: te pagan para hacer tu trabajo”. El problema es que el trabajo que hago es constante, diario, a veces compartes la vida de esos alumnos durante años, cada día. Y un día, así, de repente, cuando llega junio, sabes que ya no les vas a volver a ver. No sabrás nada más de ellos. Has hecho tu trabajo, te han pagado. La reacción a esta afirmación lógica no es otra que el vacío. El desarraigo: te encuentras fuera de lugar. Ahora es a ellos a los que les toca seguir su camino. Tú te has plantado en el tuyo: “Te pagan para hacer tu trabajo”. Ahí acaba todo... Y siento” una soledad, tan desolada”.

viernes, 11 de abril de 2008

El teatro del absurdo



Ayer me llamó una amiga. Necesitaba que le ayudara a traducir un libro, por cierto, muy interesante, sobre la mafia italiana. Ella está preparando oposiciones y no puede con todo.

Por un momento, cuando observé lo angustiada que estaba, recordé mi estado de ánimo del año pasado, cuando era también una opositora.

Recordé la angustia de ver cómo pasaba el tiempo pero no el número de temas que tenía que estudiar: setenta y dos temas, si no recuerdo mal. Setenta y dos temas que uno, si quería aprobar, tenía que estudiar en profundidad. La primera parte de la oposición, me fue bien y conozco el motivo: el tema que desarrollé incluía citas, bibliografía, referencias a otras literaturas, hipótesis, conclusiones... En fin, era un tema que había elaborado muy bien y que sabía de memoria. Era el primero del bloque de literatura, esto es: la épica y el Cantar de Mío Cid.

Cuando me ha llamado mi amiga, he recordado por un instante lo absurdo de este sistema de selección en el que me sentía estafada a cada segundo del proceso.

En primer lugar un temario ingente imposible de abarcar (y llevaba tres añitos estudiando, que se dice pronto); en segundo lugar, la supervisión de la inspectora que, señores, era uno de los peores lagartos que he visto en mi vida. A ella le bastaba con el teatro.

Recuerdo que se presentó en el instituto vestida como una señora de Pedralbes acabada de salir de la peluquería. Estábamos en una zona desfavorecida del Vallés. Primer desajuste.

En la reunión de presentación que mantuvo con nosotros, esta insigne Sabia advirtió que la educación hoy en día "está muy mal" y que, por lo tanto, necesita buenos profesionales (seguramente ella considera que es una gran profesional, visto que se permite el lujo de valorar la labor de otros que, seguramente llevan mucho más tiempo en la enseñanza que ella). Esta señora había dado tres años de clases, después no sé sabe cómo ni con qué pretexto, se convirtió en inspectora. Era una profesora de primaria, psicóloga, para más desajuste. Una profesora de primaria, inspectora del Eixample (mandaron a una inspectora de fuera de la zona porque se les acumuló el trabajo y recurrieron a personal que no estaba tan saturado [????]), psicóloga, valorando el trabajo de profesores de secundaria, en el Vallés y de especialidades diferentes a la suya.

Esta señora entraba en las aulas, en la mía y en las de mis compañeros, señalando siempre que conocía la materia sobre la que trataba la unidad que el profesor iba a desarrollar con sus alumnos. Daba igual si eran matemáticas o filosofía: ella Sabía. Le pregunté si entendía el inglés: "Sí, sí, és clar". Pero mientras avanzaba la clase, observé que simplemente estaba cumpliendo su papel: hacía como si se enterara de todo pero no entendía ni papa de lo que yo estaba diciendo. Supongo que intentaba entender lo que yo hacía, es decir, mis movimientos, mis gestos (exageradísimos, como en el teatro, claro).

Por suerte, no fui una de las primeras en ser observada por esta insigne Sabia (sin tilde), sino una de las últimas. Eso jugó a mi favor: por los comentarios que hacían mis compañeros, observé que esta señora, si atendías las necesidades de todos los alumnos, te valoraba positivamente. Para ella, valorar a un profesional, se reducía a eso (que no digo que no sea importante).

Lo divertido del caso es que yo estaba dando clase en Bachillerato. Durante todo el curso intenté que mis alumnos fueran autónomos, que no dependieran de mí a la hora de trabajar en el aula y que supieran organizar su trabajo. Cuando ella vino a verme no lo hice: hablé durante toda la hora en inglés, me paseé por las mesas (incluso durante la actividad de "escuchar" en la que el profesor debería estar sentado y sin distraer a los alumnos, que intentan concentrarse) y cumplí con mi papel perfectamente. Me dio una valoración positiva. Ella no sabe que cuando salió del aula los alumnos respiraron tranquilos: en el aula estaba ella, el director y la jefa de departamento (entraron en el aula ellos también porque en dirección estaban cansados de que, con otros compañeros, la señora Sabia hubiera abusado de su poder: vi a tres candidatos de cuarenta años llorando cuando salieron de la reunión de evaluación).

Según esta señora yo había atendido a la diversidad ([sic] en Bachillerato, en un grupo bastante homogéneo) porque había pasado por las mesas continuamente, porque había preguntado a los alumnos cuando tocaba (según ella, que no entendía ni papa de inglés). Lo que esa señora no sabía es que no atendí a la diversidad: hablando continuamente en inglés (hice lo que ella esperaba de mí), no di la oportunidad de seguir la clase precisamente a los alumnos menos aventajados.

Pasé el primer cásting con sobresaliente. Tengo que advertir que, para ello, tuve que pasar otras pruebas: los inspectores pedían la unidad didáctica de la programación de aula que fuéramos a llevar a cabo en aquella hora de observación. Bien... En el centro donde yo estaba, no había PEC, es decir, los mismos inspectores que me evaluaban a mí, aspirante joven que daba el alma en sus clases, no evaluaban a las direcciones como es prescriptivo. Como mi centro no tenía PEC, tuve que elaborar yo el primer y el segundo nivel de concreción,y el tercer nivel de concreción lo elaboré porque venía la inspectora a observarnos: antes de eso, debido a mi poca experiencia, yo ni siquiera sabía que el profesor tiene la obligación de elaborar una programación de aula. En dirección nunca me la pidieron.

Lo bueno del caso es que aprendí en un curso que las programaciones existen. Que existen pero que son mentira: que uno tiene que llenarse la voca de NEE, de competencias básicas, de temporalizaciones imposibles y un largo etc. que, en la práctica, ningún profesor puede llevar a cabo como dice que lo lleva a cabo en las programaciones. Durante el curso, en las sesiones de discusión, cuando observaba que el sistema de oposición era una carrera en la que me oponía a profesionales que se enfrentaban a la puesta en papel (que no en práctica) y memorización de conceptos absurdos, me desesperaba. Entendí que el sistema, desde luego, no es el que valora de forma objetiva los conocimientos, ni las aptitudes de un buen profesional. Me entristecí. Creía que pasar una oposición significaba adquirir unos conocimientos reales, tanto prácticos como teóricos.

Nada de eso. Me tocó, por casualidad, un tema que sabía. Pero, yo, como muchos, ni siquiera me miré la parte de lengua porque no me interesaba tanto como la de literatura. Es un proceso absurdo en el que se valora un conocimiento parcial.

Durante la presentación de mi programación el absurdo reinó. Yo era la actriz sin público: el inspector me miraba de vez en cuando y me sonreía (para tranquilizarme, supongo); dos miembros del tribunal hablaban entre ellos; otro, escribía en un papel notas al lado de un poema que nada tenía que ver con lo que yo estaba diciendo; y, por último, otro, con mi programación en la mano, intentaba buscar alguna pregunta letal que les permitiera eliminarme. Estoy segura que cuando me preguntaron qué entendía yo por la integración de la teoría de la literatura en la didáctica de la literatura y escucharon "close reading", teoría de la recepción, estructuralismo, estilismo, deconstrucción, etc. y cómo aplicarlo en el aula, era igual que si les estuviera hablando en chino. Personas que llevaban cincuenta años en la profesión, durante la carrera, como mucho, oyeron hablar del formalismo y del estructuralismo, pero no creo que tuvieran ni idea de qué les estaba comentando. Ellos me hicieron la pregunta para eliminarme, pero con esa pregunta me permitieron eliminar a mis oponentes, pues seguramente, al escuchar algo que presumo que desconocían (y ojalá me equivoque, ojalá que ellos estuvieran al día y realmente siguieran todo lo que yo dije), se quedaron maravillados (como los niños cuando ven un espectáculo de marionetas, con tantos colores). Tengo que decir que mi presentación dejó mucho que desear, porque estaba tan nerviosa... En fin, temblaba, bebía agua, se me secaba la boca... Si ustedes han pasado por esto, saben de lo que les estoy hablando.

Y ahora llegamos al absurdo en el absurdo: la observación que realizó la inspectora ni la contaron. Ni la contaron. En la media, por mucho que la calcule, no sale ningún ítem con 10, que era la puntación que la Sabia me había dado.

Absurdo. Pero sobre todo, teatro.

Si hoy alguien me pidiera un consejo para pasar las oposiciones, le diría que, sobre todo, se apunte a un curso de teatro.

Por cierto, debo de ser una buena actriz, porque aprobé.

Y eso es la educación hoy en día en este país: lo más parecido al Parlamento. Puro teatro.