jueves, 17 de abril de 2008

Si bastasen un par de voluntades




Imaginemos un centro de secundaria en el que hay un Aula Oberta: adolescentes con problemas actitudinales que trabajan en otro tipo de actividades diferentes a las del común de los mortales.
Estos alumnos necesitan, claro está, una atención especial de parte del profesorado. Son alumnos que sufren, en su mayoría, situaciones familiares difíciles y que, desafortunadamente, carecen de referentes: los suyos son los que ven en las pantallas de sus ordenadores (si los tienen, porque no todos gozan de ese privilegio) o de sus televisores.
Estos alumnos supuestamente tienen un currículum diferente al de sus compañeros y participan en actividades especialmente diseñadas para ellos. En la práctica no conozco ningún centro (de los que yo conozco, que no son una infinidad, desde luego) que haya realizado una propuesta real para estos alumnos. No hay proyectos, ni manuales, ni directrices de cómo tratar a este tipo de alumnado, ni de qué enseñarle. En la Formació de la Generalitat había un curso a una hora y cuarto de distancia de casa. Sin comentarios: centros con Aula Oberta hay en casi todas las poblaciones.
Así, el profesor que se ve ante la tesitura de aportar algo a estos estudiantes se encuentra perdido, sin instrumentos, asustado y muchas veces desmotivado ante alumnos que le hacen perder la ilusión, si se mira desde un punto de vista de cantidad y calidad de los conocimientos transmitidos. La labor en el Aula Oberta, en muchas ocasiones, es desesperante para el profesor. En otras, muy pocas, desde un punto de vista afectivo, enormemente gratificante.
Sin embargo, el profesor no tiene la obligación de ser un “dador de afectividad y de atención” sino un transmisor de conocimientos. Eso es lo que se supone que significa “profesor”, que no educador. Sin embargo, queridos lectores, los tiempos han cambiado. Y, desde mi humilde opinión, deberíamos ser capaces de estar a la altura de las circunstancias. O por lo menos, intentarlo.
Hoy, la realidad de las aulas es la que es y la hemos construido nosotros con el mundo que damos a nuestros adolescentes. No son ellos los que idearon el culto al cuerpo, a las drogas, al sexo. Ellos imitan conductas que son, en muchas ocasiones, modelos de conducta que nos venden como envidiables. No quiero quitarles la responsabilidad que, sin duda, tienen también en las situaciones que se viven en las aulas, sin embargo, no podemos culparles de su miopía si nosotros les dibujamos un mundo, en muchas ocasiones, más borroso que nítido.
Si ese servicio, el Aula Oberta, se crea, digo yo, que será para dar una enseñanza óptima, no sólo a los alumnos que podrán hacer clase sin que los más conflictivos distorsionen. Ese servicio está también para darles una oportunidad a estos chicos que necesitan de más comprensión, más límites, más cariño, más disciplina, más motivación, más conocimientos, más competencias básicas, más de lo poco y menos que ellos tienen. Los profesionales que trabajamos con ellos, en muchas ocasiones, salimos del aula no sólo nerviosos, sino casi desangelados y sin aliento.
Con todo, creo que es nuestra obligación luchar también por este tipo de alumnado. Ellos formarán también parte de nuestra sociedad. Ellos están condenados desde sus nacimientos a llevar una vida no ya difícil, sino diferente a la de la mayoría de sus compañeros. Por eso, me pregunto por qué en los institutos donde he estado, estos alumnos son asignados siempre a los que llegarán, a los interinos que no conocemos y que, por lo tanto, no nos importa si sufrirán en sus clases o no, si encontrarán un proyecto o no [sic], si se sentirán apoyados por la dirección, o no. Me pregunto qué está fallando: o tenemos profesionales vocacionales preparados para gestionar a este tipo de alumnado o, también desde la escuela, dejándolos para el último de la fila, seguiremos colaborando a su marginación.

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