
La de transmisor de conocimientos es una profesión, como muchas, desagradecida. Sin embargo, la de ser profesor es desagradecida, creo yo, por partida doble: por un lado, recibes comentarios que son ofensivos (otra cosa es que te ofendan o no, pero de eso hablaré otro día) y, a cambio, regalas el conocimiento que, con mucho esfuerzo, has ido consiguiendo a lo largo de los años; por otro lado, cuando ese conocimiento es aceptado y asumido de buena gana, sabes que nunca verás sus frutos.
Enseñamos (y educamos, que para eso han cambiado el nombre del antigua Departament d’Educació, actualmente, Departament d’Ensenyament) a adolescentes que se forman, que se están todavía construyendo, no sólo intelectual y psíquicamente, sino físicamente. Les regalamos certezas, incertidumbre, dolores, alegrías, sonrisas, imposiciones, conocimientos, experiencias personales y académicas, cariño, sinceridad, elogios y críticas... Y nunca veremos adónde va todo eso. Seguramente, tampoco el que está todo el día en una cadena de montaje verá adónde va el coche que construye. Sin embargo los ve por la calle y sabe que el proyecto ha salido adelante. Nosotros, los profesores, leemos el informe Pisa o escuchamos al Sr. Cuní en la televisión poniéndonos verdes, o leemos La Vanguardia cuando dice que somos los mejor pagados (en fin, en lugar de desear que todos cobráramos 1500 euros al mes, parece que es mejor bajar el sueldo de los profesionales...).
Si queremos respondernos a la pregunta de si nuestra labor fructifica, tenemos que mirar a la sociedad que llega como conjunto. A veces es desolador. Otras, cuando sabes que los jóvenes se comprometen, en tu vanidad, piensas que quizá estés contribuyendo a ello.
Los profesores no vemos a nuestros alumnos en la universidad, cuando usan los conocimientos que les hemos aportado para ser mejores profesionales (no necesariamente para ser mejores personas).
Sin embargo, hay excepciones. Hace un tiempo, casualmente, fui a la población en la que antes enseñaba. Me encontré con tres alumnas: las tres siguieron mi recomendación y ahora estudian inglés en la Escuela Oficial de Idiomas. Cuando les explicaba que era importante que aprendieran inglés y no sólo que aprobaran mi asignatura (antes yo enseñaba inglés), me daba la sensación de que estaba perdiendo el tiempo, de que me preocupaba por ellos para nada. Aquellos alumnos vivían en una zona desfavorecida, por lo que la Escuela Oficial era una buena alternativa para ellos. Lo repetí a lo largo de todo el curso. Aquel día, al salir de dicha escuela a la fui para ver a una compañera, me las encontré.
Maravilloso. Por un momento, cuando me explicaron sus proyectos, sus ilusiones, sus metas, sentí que había valido la pena.
Me fui porque tenían que entrar en el aula. Mientras caminaba hacia la estación de tren me las imaginaba a las tres, tres personitas, en el aula, con un montón de adultos. Aprendiendo inglés. Y sentí un vacío en el estómago que es difícil de explicar. Me dije a mí misma que no tenía sentido darle más vueltas: “Es así. Nunca sabrás si la tal ha estudiado medicina o la cual biología. Tú hiciste tu labor y ahí acaba eso: te pagan para hacer tu trabajo”. El problema es que el trabajo que hago es constante, diario, a veces compartes la vida de esos alumnos durante años, cada día. Y un día, así, de repente, cuando llega junio, sabes que ya no les vas a volver a ver. No sabrás nada más de ellos. Has hecho tu trabajo, te han pagado. La reacción a esta afirmación lógica no es otra que el vacío. El desarraigo: te encuentras fuera de lugar. Ahora es a ellos a los que les toca seguir su camino. Tú te has plantado en el tuyo: “Te pagan para hacer tu trabajo”. Ahí acaba todo... Y siento” una soledad, tan desolada”.
Enseñamos (y educamos, que para eso han cambiado el nombre del antigua Departament d’Educació, actualmente, Departament d’Ensenyament) a adolescentes que se forman, que se están todavía construyendo, no sólo intelectual y psíquicamente, sino físicamente. Les regalamos certezas, incertidumbre, dolores, alegrías, sonrisas, imposiciones, conocimientos, experiencias personales y académicas, cariño, sinceridad, elogios y críticas... Y nunca veremos adónde va todo eso. Seguramente, tampoco el que está todo el día en una cadena de montaje verá adónde va el coche que construye. Sin embargo los ve por la calle y sabe que el proyecto ha salido adelante. Nosotros, los profesores, leemos el informe Pisa o escuchamos al Sr. Cuní en la televisión poniéndonos verdes, o leemos La Vanguardia cuando dice que somos los mejor pagados (en fin, en lugar de desear que todos cobráramos 1500 euros al mes, parece que es mejor bajar el sueldo de los profesionales...).
Si queremos respondernos a la pregunta de si nuestra labor fructifica, tenemos que mirar a la sociedad que llega como conjunto. A veces es desolador. Otras, cuando sabes que los jóvenes se comprometen, en tu vanidad, piensas que quizá estés contribuyendo a ello.
Los profesores no vemos a nuestros alumnos en la universidad, cuando usan los conocimientos que les hemos aportado para ser mejores profesionales (no necesariamente para ser mejores personas).
Sin embargo, hay excepciones. Hace un tiempo, casualmente, fui a la población en la que antes enseñaba. Me encontré con tres alumnas: las tres siguieron mi recomendación y ahora estudian inglés en la Escuela Oficial de Idiomas. Cuando les explicaba que era importante que aprendieran inglés y no sólo que aprobaran mi asignatura (antes yo enseñaba inglés), me daba la sensación de que estaba perdiendo el tiempo, de que me preocupaba por ellos para nada. Aquellos alumnos vivían en una zona desfavorecida, por lo que la Escuela Oficial era una buena alternativa para ellos. Lo repetí a lo largo de todo el curso. Aquel día, al salir de dicha escuela a la fui para ver a una compañera, me las encontré.
Maravilloso. Por un momento, cuando me explicaron sus proyectos, sus ilusiones, sus metas, sentí que había valido la pena.
Me fui porque tenían que entrar en el aula. Mientras caminaba hacia la estación de tren me las imaginaba a las tres, tres personitas, en el aula, con un montón de adultos. Aprendiendo inglés. Y sentí un vacío en el estómago que es difícil de explicar. Me dije a mí misma que no tenía sentido darle más vueltas: “Es así. Nunca sabrás si la tal ha estudiado medicina o la cual biología. Tú hiciste tu labor y ahí acaba eso: te pagan para hacer tu trabajo”. El problema es que el trabajo que hago es constante, diario, a veces compartes la vida de esos alumnos durante años, cada día. Y un día, así, de repente, cuando llega junio, sabes que ya no les vas a volver a ver. No sabrás nada más de ellos. Has hecho tu trabajo, te han pagado. La reacción a esta afirmación lógica no es otra que el vacío. El desarraigo: te encuentras fuera de lugar. Ahora es a ellos a los que les toca seguir su camino. Tú te has plantado en el tuyo: “Te pagan para hacer tu trabajo”. Ahí acaba todo... Y siento” una soledad, tan desolada”.


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