
El día de hoy es el día de la conmemoración de lo que sufrieron las víctimas del así llamado holocausto nazi. Por eso hoy dedico mi entrada a Paul Steinberg y añado aquí algunas reflexiones, quizá algo académicas, acerca de la trayectoria del que jugó a estudiar química por afición y acabó salvando, gracias a ello, su propia vida.
Más allá de las disquisiciones de Adorno, creo que es necesario que sigamos escribiendo acerca de lo que pasó, de lo que sufrieron las víctimas y de lo que cambió la visión de la ética y de la estética. Es importante también que nuestros alumnos, muchas veces desconocedores de estos acontecimientos si no es por lo escabroso de los mismos, sepan. Es importante que les transmitamos esos conocimientos desde dentro, para que no los juzguen superficialmente, acostumbrados como están a las imágenes de terror y dolor que observan cada día en los telediarios.
Paul Steinberg estudiaba química porque le divertía: eso le salvó el pellejo. Buen ejemplo para nuestros alumnos, creo yo.
En este post acerca de la creación de Paul Steinberg, Crónicas del mundo oscuro pretendemos reflexionar sumariamente acerca de algunos de los aspectos que acompañan al autor del libro en tanto que sujeto determinado, de un modo distinto a Levi, pongamos por caso, por la experiencia vivida en Auschwitz. En concreto nos ha sorprendido, en este caso coincidiendo con Levi y Kertész, el estilo claro, directo y libre de sentimentalismos con el que, como buen testigo que intenta ser objetivo, explica los hechos que su memoria ha seleccionado para que sobrevivan a su propia existencia a través de la escritura.
Una de las afirmaciones, desde nuestro punto de vista, más sorprendentes de la narración es la que menciona en el epílogo. En ella sostiene que, cuando después de la barbarie se reincorporó a la vida civil, él creía que podría hacerlo sin que esa experiencia condicionara su vida futura (que en el momento de la narración es ya pasada). Primo Levi vivió atormentado por el sentimiento de vergüenza que intenta evitar en poemas como “Since then, at that incertain hour”; Améry se suicidió; Semprún ha dedicado toda una vida al compromiso político también ligado a los campos; Kertész decidió incluso no tener un hijo para no condenarle a ser judío... y así un largo etcétera.
El protagonista de la narración y el autor, que son la misma entidad, silencian lo ocurrido hasta cincuenta años después. Steinberg escribe a la edad de sesenta y ocho años. Ni siquiera él mismo sabría si iba a poder escribir, narrar lo increíble: quizás lo olvidara, quizá muriera antes, quizá tuviera alguna enfermedad que se lo impediría. Y sin embargo, esperó a hacerlo. No sobrevivió, como muchos otros, para dar testimonio de lo que vivió. O por lo menos nos justificó de ese modo su supervivencia[i]. Steinberg sobrevivió porque estaba atado a la vida con lazos irrompibles por aquellos entonces. Él mismo señala que se sentía inmortal, que había visto tantas veces la muerte que ya no creía que fuera una cosa que le afectara. No se rinde ni una sola vez, sólo al final de su periplo, pero alguien le ayuda y, justo después, llega el final de la pesadilla. No es nunca un musulmán (en la jerga del campo, musulmán es el que está psicológicamente muerto, el que ya no tiene energías para vivir y deja que su mirada se pierda en la nada), no mira al vacío por muy débil que se sienta porque su meta es sobrevivir. Además, tiene suerte: incluso cuando han desaparecido sus nalgas (lo cual ocurre en dos ocasiones), se salva de la selección.
Es interesante observar cómo se considera afortunado, cómo evita en innumerables ocasiones otro destino al que se llega de diferentes modos: a través de las cámaras de gas, del trabajo forzado, de la enfermedad, del hambre... Todas facetas de un mismo destino: la muerte. Steinberg se considera un hombre con suerte. No se siente culpable, no siente vergüenza. Sostiene en una ocasión que, en su último viaje, se hizo con una hogaza de pan y que eso le permitió sobrevivir: no se culpa por haber arrebatado la hogaza de pan a otro ser humano que luchaba, como él, por la supervivencia.
No siente tampoco vergüenza por ser judío. Sintió la humillación en sus propias carnes. Se deshumanizó y se convirtió en una bestia más, pero las reflexiones acerca de la animalidad aparecen en menos ocasiones que en la narrativa de Levi que, en cambio, las analiza profundamente. Para él, ser judío, aparte de algún hábito que otro practicado durante su infancia, no tuvo relevancia hasta que llegó al campo de concentración. Es en el campo cuando se convierte en un verdadero judío. Y, es curioso, un judío no circuncidado que nunca hace valer esa arma para escapar del horror.
Steinberg no se plantea todas estas cuestiones del mismo modo en que lo hacen otros supervivientes por un motivo: pretende sobrevivir hasta el final y hacerlo por motivos individuales; pretende superar no sólo el horror de los campos de concentración, sino también la propia cotidianidad de la vida civil. Quiere alcanzar el bienestar, el regalo de la vida que, como él dice, ha podido disfrutar después de salir del mundo del mal.
Es interesante cómo Steinberg renuncia al ser, se convierte en un animal, como diría Levi, en una bestia. Pero es una bestia inteligente: sabe ahorrar energías (duerme y come todo lo que puede) y lo hace de forma consciente; se crea amistades que le puedan beneficiar; se aprovecha de sus cualidades para salvar el pellejo (es un individualista nato, como lo describe Levi). Es una bestia que se entrega al azar, que deja de ser, por lo tanto, por partida doble. Y, por último, y esto es lo que le salva, es una bestia, sí, pero como hemos dicho, una bestia con conciencia: conciencia de alabar a los más crueles asesinos pero a la vez, incapaz de robar un trozo de pan. Es consciente de que hacerlo significa matar a aquél al que se le roba. Es, además, justo: cuando le engañan con un cambio de dientes de oro por pan, él renuncia a su pan para que el viejo con el que había hecho el trato, no se sienta traicionado. Por último, creemos de vital importancia señalar el episodio del polaco: le azota. Le azota y es así como se sabe embrutecido. Ha entrado dentro de la lógica del campo. Se ha deshumanizado. Y, sin embargo, ese acontecimiento es uno de los pocos que le hace reflexionar de forma explícita en la narración: no sólo hace, sino que es. Es curioso, por tanto, que Steinberg haya sido capaz de soportar cincuenta años una vida aparentemente común cuando en realidad no lo era. Él mismo aclara por qué ha sobrevivido: se ha insertado en la civilización con su ética personal a cuestas, elaborada entonces.
Como hemos dicho, Steinberg no siente una vergüenza tan profunda como Levi, no rememora la trascendencia moral de las torturas, como Améry, por ejemplo. Sin embargo se horroriza cuando reflexiona acerca de lo que el campo ha dejado en él: la deshumanización. En su vida civil es incapaz de ofrecer caricias (se pregunta si esa situación se ve, además, agravada por el poco afecto recibido durante la infancia), no se inmuta ante la muerte ajena ni ante la propia, hace caso omiso de las desgracias cotidianas. La imagen que tortura a Steinberg, Steinberg escritor, es la de la indiferencia ante la muerte en el presente y en el pasado, la falta de ética global de entonces, cuando transportar cadáveres era muy parecido a cargar contenedores de productos químicos. Se horroriza ante esa imagen, ante la indiferencia por la muerte. Ésa es la culpabilidad de Steinberg, la que le hace estremecerse aún en el momento de la narración. Steinberg no sólo se horroriza por lo que hizo entonces, sino porque incluso ahora, aquellos actos hayan permitido que todavía hoy no se estremezca ante los avatares cotidianos. Steinberg elabora su ética entonces y la “civiliza” después, le otorga rasgos “culturales”, es decir, no naturales y, por lo tanto, artificiales. En el momento de la narración, se horroriza ante la idea de haber transportado cadáveres sin inmutarse. Se horroriza ante las acciones, pero no puede humanizarse completamente en tanto que no es capaz de empatía ante el dolor. La empatía carece de carácter cultural, es un sentimiento espontáneo del que Steinberg no es capaz en su vida civil.
Steinberg es una persona que, por lo tanto, ha sufrido en la vida civil la experiencia de Aushwitz (como sus hijos y su esposa de forma indirecta). Es una persona marcada por el hacer y el no-ser del pasado, por la ética personal que elaboró entonces y que ha conducido toda su vida. La animalidad y la deshumanización del pasado le han conducido a convertirse en un ser poco sensible a la desgracia y a las contrariedades del presente. Steinberg, ahora como entonces, todavía lucha por sobrevivir a través de la mirada mínima que supone el enfocar sólo la propia individualidad: la individualidad que lleva a ser, a existir. También los juicios de entonces, y lo de ahora, son individuales: mira con apego a un kapo que fue generoso con él ( y sólo con él) u odia a un kapo que fue cruel (normalmente éstos lo eran con la colectividad). Todo en el superviviente Steinberg se mide por la experiencia individual.
Tal es su afán por sobrevivir que decide callar. Él mismo advierte que cuando salió del horror los que le conocían le evitaban, y los que no podían evitarle, no querían escuchar. Steinberg calló (y no porque no le fueran a creer, como sí les pasó a otros supervivientes). Sabía que la memoria haría su función: curaría a través de la selección absurda y del olvido. El silencio haría el resto. Por eso, y no por otro motivo, tarda cincuenta años en escribir y lo hace en un momento en que ya no se cree tan inmortal, en un momento en que, debido a su edad, empieza a tener dudas sobre su perdurabilidad. Si procede a esa labor sólo entonces, pues, es porque necesita, ante todo, y sobre todo, ya no sólo hacer, protegido por el azar, sino ser, en definitiva: sobrevivir incluso durante la vida civil.
Ingenua, y sorprendente, su creencia de que aquello pudiera convertirse, como él mismo creyó, en un “impass”.
Una de las afirmaciones, desde nuestro punto de vista, más sorprendentes de la narración es la que menciona en el epílogo. En ella sostiene que, cuando después de la barbarie se reincorporó a la vida civil, él creía que podría hacerlo sin que esa experiencia condicionara su vida futura (que en el momento de la narración es ya pasada). Primo Levi vivió atormentado por el sentimiento de vergüenza que intenta evitar en poemas como “Since then, at that incertain hour”; Améry se suicidió; Semprún ha dedicado toda una vida al compromiso político también ligado a los campos; Kertész decidió incluso no tener un hijo para no condenarle a ser judío... y así un largo etcétera.
El protagonista de la narración y el autor, que son la misma entidad, silencian lo ocurrido hasta cincuenta años después. Steinberg escribe a la edad de sesenta y ocho años. Ni siquiera él mismo sabría si iba a poder escribir, narrar lo increíble: quizás lo olvidara, quizá muriera antes, quizá tuviera alguna enfermedad que se lo impediría. Y sin embargo, esperó a hacerlo. No sobrevivió, como muchos otros, para dar testimonio de lo que vivió. O por lo menos nos justificó de ese modo su supervivencia[i]. Steinberg sobrevivió porque estaba atado a la vida con lazos irrompibles por aquellos entonces. Él mismo señala que se sentía inmortal, que había visto tantas veces la muerte que ya no creía que fuera una cosa que le afectara. No se rinde ni una sola vez, sólo al final de su periplo, pero alguien le ayuda y, justo después, llega el final de la pesadilla. No es nunca un musulmán (en la jerga del campo, musulmán es el que está psicológicamente muerto, el que ya no tiene energías para vivir y deja que su mirada se pierda en la nada), no mira al vacío por muy débil que se sienta porque su meta es sobrevivir. Además, tiene suerte: incluso cuando han desaparecido sus nalgas (lo cual ocurre en dos ocasiones), se salva de la selección.
Es interesante observar cómo se considera afortunado, cómo evita en innumerables ocasiones otro destino al que se llega de diferentes modos: a través de las cámaras de gas, del trabajo forzado, de la enfermedad, del hambre... Todas facetas de un mismo destino: la muerte. Steinberg se considera un hombre con suerte. No se siente culpable, no siente vergüenza. Sostiene en una ocasión que, en su último viaje, se hizo con una hogaza de pan y que eso le permitió sobrevivir: no se culpa por haber arrebatado la hogaza de pan a otro ser humano que luchaba, como él, por la supervivencia.
No siente tampoco vergüenza por ser judío. Sintió la humillación en sus propias carnes. Se deshumanizó y se convirtió en una bestia más, pero las reflexiones acerca de la animalidad aparecen en menos ocasiones que en la narrativa de Levi que, en cambio, las analiza profundamente. Para él, ser judío, aparte de algún hábito que otro practicado durante su infancia, no tuvo relevancia hasta que llegó al campo de concentración. Es en el campo cuando se convierte en un verdadero judío. Y, es curioso, un judío no circuncidado que nunca hace valer esa arma para escapar del horror.
Steinberg no se plantea todas estas cuestiones del mismo modo en que lo hacen otros supervivientes por un motivo: pretende sobrevivir hasta el final y hacerlo por motivos individuales; pretende superar no sólo el horror de los campos de concentración, sino también la propia cotidianidad de la vida civil. Quiere alcanzar el bienestar, el regalo de la vida que, como él dice, ha podido disfrutar después de salir del mundo del mal.
Es interesante cómo Steinberg renuncia al ser, se convierte en un animal, como diría Levi, en una bestia. Pero es una bestia inteligente: sabe ahorrar energías (duerme y come todo lo que puede) y lo hace de forma consciente; se crea amistades que le puedan beneficiar; se aprovecha de sus cualidades para salvar el pellejo (es un individualista nato, como lo describe Levi). Es una bestia que se entrega al azar, que deja de ser, por lo tanto, por partida doble. Y, por último, y esto es lo que le salva, es una bestia, sí, pero como hemos dicho, una bestia con conciencia: conciencia de alabar a los más crueles asesinos pero a la vez, incapaz de robar un trozo de pan. Es consciente de que hacerlo significa matar a aquél al que se le roba. Es, además, justo: cuando le engañan con un cambio de dientes de oro por pan, él renuncia a su pan para que el viejo con el que había hecho el trato, no se sienta traicionado. Por último, creemos de vital importancia señalar el episodio del polaco: le azota. Le azota y es así como se sabe embrutecido. Ha entrado dentro de la lógica del campo. Se ha deshumanizado. Y, sin embargo, ese acontecimiento es uno de los pocos que le hace reflexionar de forma explícita en la narración: no sólo hace, sino que es. Es curioso, por tanto, que Steinberg haya sido capaz de soportar cincuenta años una vida aparentemente común cuando en realidad no lo era. Él mismo aclara por qué ha sobrevivido: se ha insertado en la civilización con su ética personal a cuestas, elaborada entonces.
Como hemos dicho, Steinberg no siente una vergüenza tan profunda como Levi, no rememora la trascendencia moral de las torturas, como Améry, por ejemplo. Sin embargo se horroriza cuando reflexiona acerca de lo que el campo ha dejado en él: la deshumanización. En su vida civil es incapaz de ofrecer caricias (se pregunta si esa situación se ve, además, agravada por el poco afecto recibido durante la infancia), no se inmuta ante la muerte ajena ni ante la propia, hace caso omiso de las desgracias cotidianas. La imagen que tortura a Steinberg, Steinberg escritor, es la de la indiferencia ante la muerte en el presente y en el pasado, la falta de ética global de entonces, cuando transportar cadáveres era muy parecido a cargar contenedores de productos químicos. Se horroriza ante esa imagen, ante la indiferencia por la muerte. Ésa es la culpabilidad de Steinberg, la que le hace estremecerse aún en el momento de la narración. Steinberg no sólo se horroriza por lo que hizo entonces, sino porque incluso ahora, aquellos actos hayan permitido que todavía hoy no se estremezca ante los avatares cotidianos. Steinberg elabora su ética entonces y la “civiliza” después, le otorga rasgos “culturales”, es decir, no naturales y, por lo tanto, artificiales. En el momento de la narración, se horroriza ante la idea de haber transportado cadáveres sin inmutarse. Se horroriza ante las acciones, pero no puede humanizarse completamente en tanto que no es capaz de empatía ante el dolor. La empatía carece de carácter cultural, es un sentimiento espontáneo del que Steinberg no es capaz en su vida civil.
Steinberg es una persona que, por lo tanto, ha sufrido en la vida civil la experiencia de Aushwitz (como sus hijos y su esposa de forma indirecta). Es una persona marcada por el hacer y el no-ser del pasado, por la ética personal que elaboró entonces y que ha conducido toda su vida. La animalidad y la deshumanización del pasado le han conducido a convertirse en un ser poco sensible a la desgracia y a las contrariedades del presente. Steinberg, ahora como entonces, todavía lucha por sobrevivir a través de la mirada mínima que supone el enfocar sólo la propia individualidad: la individualidad que lleva a ser, a existir. También los juicios de entonces, y lo de ahora, son individuales: mira con apego a un kapo que fue generoso con él ( y sólo con él) u odia a un kapo que fue cruel (normalmente éstos lo eran con la colectividad). Todo en el superviviente Steinberg se mide por la experiencia individual.
Tal es su afán por sobrevivir que decide callar. Él mismo advierte que cuando salió del horror los que le conocían le evitaban, y los que no podían evitarle, no querían escuchar. Steinberg calló (y no porque no le fueran a creer, como sí les pasó a otros supervivientes). Sabía que la memoria haría su función: curaría a través de la selección absurda y del olvido. El silencio haría el resto. Por eso, y no por otro motivo, tarda cincuenta años en escribir y lo hace en un momento en que ya no se cree tan inmortal, en un momento en que, debido a su edad, empieza a tener dudas sobre su perdurabilidad. Si procede a esa labor sólo entonces, pues, es porque necesita, ante todo, y sobre todo, ya no sólo hacer, protegido por el azar, sino ser, en definitiva: sobrevivir incluso durante la vida civil.
Ingenua, y sorprendente, su creencia de que aquello pudiera convertirse, como él mismo creyó, en un “impass”.








