
Os escribo bajo los efectos de una droga que me ha tenido atada al sofá durante unos cuantos días, cuyos poderes letales han hecho mella sobre mí, aniquilando mi voluntad, en especial durante las últimas horas de ayer y de hoy.
Acabo de leer la última página de los agradecimientos que Almudena Grandes expresa al final de su última novela El corazón helado. Estoy, en estos momentos, en estado de choc, con el corazón ardiendo y la mente congelada.
A veces, como dice un personaje de la novela, es mejor no saber, aunque la sabiduría nos haga entender, como dice otro personaje y reza en el comentario al título de mi blog, que “el todo es la suma de las partes mientras éstas se ignoren”.
Había oído comentar a mi padre que, en algún momento, el dinero no tuvo valor y las pesetas de antes de la guerra no servían para nada porque las habían suplantado por otras pesetas. Me lo explicaron cuando era pequeña. Recuerdo que me llevaron a la habitación de matrimonio y mi padre abrió una caja metálica. Me dijo: “Este dinero era del abuelo, pero ya no vale. Lo tenía la tía, ahora lo tengo yo, pero se lo devolveré porque es de todos, de tus tíos y mío. No le digas a nadie que tenemos este dinero aquí”. Yo no sabía muy bien si esa prohibición se debía a que quizás era malo tener aquel dinero allí o porque quizás era como un tesoro de mucho valor. Así que no le di más importancia. Creo que me quedé con la segunda opción, era más “novelera”.
Hace poco, antes de que empezara a leer esta novela, mi padre vino a comer a casa. Le cogía de paso porque iba a una reunión. Mi madre me dijo: “Es de lo del dinero de su padre.” Yo, que nunca me había interesado por la historia, pensé: “Ah, lo de la caja metálica”. Y ahí se quedó todo. Cuando volvió de dicha reunión, mi padre explicó que habían formado una asociación para que aprobaran la Ley de la memoria histórica, para que devolvieran a los individuos, no sólo a los sindicatos o a los partidos, lo que la guerra (por decir algo) les había quitado. Pensé que era una batalla perdida. “A buenas horas”, como piensan algunos, la mayoría, de los personajes que pueblan El corazón helado.
Me da igual que le devuelvan ese dinero a mi padre. Las tierras de mi abuelo, los animales con los que hacía de transportista y que le quitaron después de que los republicanos perdieran, no le van a servir ya para nada, aunque se los devolvieran. La suma que conserva él o mis tíos, eso no lo sé, es una cantidad que, hoy, cualquiera tildaría de ridícula.
Pero mi padre sigue empeñado en que le devuelvan lo que fue suyo. Después de leer la novela, entiendo mejor los motivos.
Yo no me había interesado por esa historia hasta que empecé a leer la novela de Almudena Grandes. Cuando estaba empezando a intuir el eje de la trama, le pregunté a mi padre sobre el dinero del abuelo, porque me parecía que tenía bastante que ver con lo que se explicaba en la novela. No ha sabido responderme a casi ninguna pregunta. “Pero el abuelo era republicano, ¿verdad?” Mi padre respondió con rapidez: “Luchó en el bando de los republicanos. Estaba en zona republicana, pasaron con un camión y se lo llevaron al frente”. Ahí es cuando se me vino todo abajo: ya no podría continuar leyendo e imaginarme que mi abuelo era como los personajes que se me aparecían mientras leía. Yo creía que, como en la novela de Almudena, los que luchaban estaban totalmente convencidos de lo que hacían, pero mi padre se encargó de darme la versión no elaborada, la simple, la "automatizada", la que había vivido él: “No, al abuelo lo cogieron y se tuvo que ir al frente. El abuelo no era nada, estaba en zona republicana, pero no era nada. Si no te subías al camión, te mataban, así de sencillo”. Siempre había pensado que mi abuelo era republicano, me sentía orgullosa de ese pasado mío, nuestro. Por eso, cuando iba a la tumba de Antonio Machado y mi profesora de literatura colocaba la bandera republicana encima, yo temblaba por dentro porque sabía, creía, que esa bandera era también mía, de mi familia. “¿No te he contado lo de la manta?” “Sí, papá, me lo has contado un montón de veces, lo de que estaba en el paredón pero no le mataron...” Me lo había contado muchas veces, pero me lo volvió a explicar: “El abuelo estaba en el pelotón de fusilamiento, lo iban a matar, pero un hombre dijo: "A ése de ahí, no, ése se viene conmigo" y se lo llevó. El abuelo, antes de perder la guerra, lo había cogido prisionero, a él y su familia, y como vio que los niños tenían frío, le dijo: "Ahora, cuando yo desfile hacia el otro lado, usted levántese y coja mantas para sus hijos. Cuando yo me gire."El hombre hizo lo que el abuelo le dijo, ¡a ver! No le fusilaron porque le había dado una manta para sus hijos y se acordaba de él”. Me sabía la historia de memoria, me la había contado cuando era pequeña. Siempre me había fascinado. Me quedé callada porque me volvía a fascinar aunque la hubiera escuchado tantas veces. “El abuelo no era nada: si le dio la manta al otro...” Y ahí se acabó el comentario. Mi padre siguió pensando en sus cosas y no dijo nada más. Cuando perdió la guerra, le salvaron la vida, pero le quitaron los animales. Así la vida sería mucho más dura, sin nada que llevarse a la boca ni él, ni su familia. Yo proseguí: “Pero lo del dinero... En la novela los personajes cambian las pesetas por monedas de oro porque intuyen que ese dinero no va a servir para nada...” No me dejó acabar, no me miraba, no me había explicado nunca de dónde había salido aquel dinero. No creo que le diera vergüenza explicarlo, reconocerlo, pero no me miraba: “Ese dinero era del estraperlo. No lo cambió nunca porque le iban a preguntar de dónde sacaba él tanto dinero. Le iban a hacer preguntas”. Supongo que mi abuelo prefirió guardárselo porque todo el mundo pensaba que cuando los aliados ganaran, iban a echar a Franco. Pero, como muy bien denuncia (porque no lo dice, lo denuncia) Almudena, eso no fue así. Porque los españoles, y ahí está la denuncia, eran “los parias de la tierra”.
Empecé a leer la novela de Almudena con ese recuerdo en casi todas sus páginas. Pero a mitad de la lectura se me ocurrió preguntarle a mi padre, pues yo quería convertir a mi abuelo en un héroe como los del libro. Sin embargo, yo ignoraba que mi “abuelo no era nada”. Siempre había pensado que había sido republicano acérrimo y convencido por el tono con que mi padre lo decía. La novela me había ayudado a sentirme orgullosa de él. Pero “el abuelo no era nada”.
Mientras escribo esto sigo estando en estado de choc. Entusiasmada por una novela en la que todo es maravilloso, hasta el simple acto de vestir una camiseta de tirantes, de ponerse o no el cinturón de seguridad en el coche, todo es trascendental.
Leía ayer que no es tan interesante el argumento de una historia como el modo en que se cuenta la historia, lo del showing y el telling, vamos. Eso es lo que convierte la historia en relato, lo que permite que unos acontecimientos provoquen, no sólo intriga, sino placer en el que los lee.
Sabía cómo iba a acabar la novela y, sin embargo, su prosa, sus diálogos, cómo enreda y desenreda los blancos con los que el lector, acostumbrado a que todos los narradores le castiguen, se conforma a lo largo de novecientas páginas, me han retenido hasta el final. Conteniendo el aliento, enamorada de los actos pequeños y grandiosos de esos personajes que cierran o abren los ojos, que nos cierran o abren los ojos a los españolitos de pandereta que somos todavía hoy.
Almudena sabe, como nadie, desenredar lo nimio y convertirlo en grandioso, en irrepetible, en excepcional. Cuando mis alumnos me pregunten qué es la literatura, sé qué les voy a contestar la próxima vez: es convertir en grande, en prodigioso, algo pequeño, algo vulgar. No me digan ustedes que la historia que he contado yo de mi abuelo no es vulgar. Lo es porque sale en los periódicos y los medios hablan, de vez en cuando, de la memoria histórica. Y todas esas personas salen en una foto reclamando lo que creen que es suyo. Es una historia vulgar. Sin embargo, Almudena sabe enredar toda esa vulgaridad en el trabalenguas de las palabras, de las vivencias de personajes que no existen pero que son; trasciende lo normal a través de pensamientos que se repiten como se repite la vulgaridad, de comparaciones que rozan lo metonímico, de diálogos fluidos que parecen sacados de un guión escrito en un portal de Madrid o en la calle del pueblo de mi padre, donde las mujeres se sientan a comer pipas, a hacer punto, a ver cómo se divierten los niños en bicicleta pisando los excrementos de las ovejas que acaban de pasar minutos antes por allí. Y así, con esa espontaneidad, con esa naturalidad, con esa soltura, con esa gracia (palabra muy española, por cierto), van pasando las horas, igual de quietas que el paisaje manchego, un mar amarillo, que las rodea. Igual son los diálogos de esta novela.
Consigue que nos sintamos partícipes de ese mundo, de esa realidad que, para bien o para mal, aunque a algunos se les haya olvidado, aunque crean que nos hemos olvidado todos, es la nuestra. Guiños literarios que al lector avisado le hacen sentirse como en casa, autocitas continuas que el narrador recupera de modo que el lector sepa a qué clavo ardiendo tiene que agarrarse, escenarios madrileños por todos conocidos e intuidos, personajes reales, históricos que no aparecen ahí por su grandeza, sino para situarnos en lo que hoy somos después de ayer; expresiones y refranes que sólo los españoles (o los que han vivido en España durante mucho tiempo) podemos reconocer; palabras castizas que nos reconcilian con nuestra lengua, con el legado de los abuelos que hoy no están pero que, en Barcelona, seguían hablando como en la Mancha; decorados hogareños que sólo podemos imaginar (los más jóvenes, por lo menos) gracias a las películas de Almodóvar... El lector se tiene que rendir, indefenso, ante lo que es parte de la Historia, de su historia y llevarse a esos personajes a la cama, como si formaran parte de su intimidad.
Almudena rinde tributo a las personas que no tuvieron nombre y que pensaron en un mundo mejor; Almudena nos presenta a los que no tuvieron (no tienen, diría yo) memoria ni escrúpulos. Aparecen dibujados con simpatía los maestros, que arriesgaron sus vidas defendiendo la alfabetización para todos; las mujeres que fueron capaces de abandonar a los hombres grises por amor; los políticos que resistieron y los que no; los exiliados que lo perdieron todo pero nunca la dignidad; los que apoyaron el golpe pensando que iba a mejorar su país (porque las dos Españas, de eso estoy segura, siempre han querido lo mejor para este país, otra cosa es para qué ciudadanos de este país querían –y quieren- lo mejor); las mujeres que, de repente, se quedaban sin maridos y con las barrigas hinchadas; los que tuvieron que cerrar la boca y vivir toda la vida con miedo; los que enseñaron a sus hijos la bondad, aunque no fueran buenos. O aunque lo fueran, como la madre de Julio, una maestra que me recordaba a las mujeres de la película Libertarias pero también al maestro de La lengua de las mariposas. O aunque lo fueran y perdieran la bondad, o aunque lo fueran y perdieran todo, todo, menos la dignidad.
Faltan personas, personajes, faltan “los topos”, por ejemplo. Mi tío fue uno de ellos: vivió diez años escondido en una doble pared de su casa. Yo lo conocí cuando ya se había vuelto loco. “No es para menos, no es para menos”, pensé yo cuando le conocí. Yo tenía sólo nueve años.
Faltan personas porque la literatura suple la vida, nos da mil vidas más para vivir, además de la nuestra. Sin embargo, no nos las da todas. Por eso, por eso, seguimos leyendo, seguimos imaginando, seguimos concretando los blancos de las escritura.
Ahora, que acabo de cerrar esta novela, que he vuelto a mirar la contraportada, que he acariciado las tapas ya bastante arrugadas que la cubren, ahora ya me da igual que la historia de mi abuelo no sea la misma que la de estos héroes, que él no sea un héroe. Me basta saber que estos héroes existieron y que, si no existieron, Almudena los ha sabido dibujar con tanto amor, con tanta constancia, con tanto detalle... Yo, anoche, pude soñar con ellos.
Gracias, Almudena, gracias. Porque me has explicado, porque nos has explicado, a los treintañeros de hoy, lo que somos, lo que fueron nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros bisabuelos. Gracias por explicarnos lo que no explican en los manuales de historia, por recordarnos que es cierto, que en este país las manzanas están siempre en el suelo, nadie es culpable de haberlas tirado. Los culpables se pusieron maquillaje, como la madre de Álvaro, y ahí están, vestidos de azul.
Gracias.
Acabo de leer la última página de los agradecimientos que Almudena Grandes expresa al final de su última novela El corazón helado. Estoy, en estos momentos, en estado de choc, con el corazón ardiendo y la mente congelada.
A veces, como dice un personaje de la novela, es mejor no saber, aunque la sabiduría nos haga entender, como dice otro personaje y reza en el comentario al título de mi blog, que “el todo es la suma de las partes mientras éstas se ignoren”.
Había oído comentar a mi padre que, en algún momento, el dinero no tuvo valor y las pesetas de antes de la guerra no servían para nada porque las habían suplantado por otras pesetas. Me lo explicaron cuando era pequeña. Recuerdo que me llevaron a la habitación de matrimonio y mi padre abrió una caja metálica. Me dijo: “Este dinero era del abuelo, pero ya no vale. Lo tenía la tía, ahora lo tengo yo, pero se lo devolveré porque es de todos, de tus tíos y mío. No le digas a nadie que tenemos este dinero aquí”. Yo no sabía muy bien si esa prohibición se debía a que quizás era malo tener aquel dinero allí o porque quizás era como un tesoro de mucho valor. Así que no le di más importancia. Creo que me quedé con la segunda opción, era más “novelera”.
Hace poco, antes de que empezara a leer esta novela, mi padre vino a comer a casa. Le cogía de paso porque iba a una reunión. Mi madre me dijo: “Es de lo del dinero de su padre.” Yo, que nunca me había interesado por la historia, pensé: “Ah, lo de la caja metálica”. Y ahí se quedó todo. Cuando volvió de dicha reunión, mi padre explicó que habían formado una asociación para que aprobaran la Ley de la memoria histórica, para que devolvieran a los individuos, no sólo a los sindicatos o a los partidos, lo que la guerra (por decir algo) les había quitado. Pensé que era una batalla perdida. “A buenas horas”, como piensan algunos, la mayoría, de los personajes que pueblan El corazón helado.
Me da igual que le devuelvan ese dinero a mi padre. Las tierras de mi abuelo, los animales con los que hacía de transportista y que le quitaron después de que los republicanos perdieran, no le van a servir ya para nada, aunque se los devolvieran. La suma que conserva él o mis tíos, eso no lo sé, es una cantidad que, hoy, cualquiera tildaría de ridícula.
Pero mi padre sigue empeñado en que le devuelvan lo que fue suyo. Después de leer la novela, entiendo mejor los motivos.
Yo no me había interesado por esa historia hasta que empecé a leer la novela de Almudena Grandes. Cuando estaba empezando a intuir el eje de la trama, le pregunté a mi padre sobre el dinero del abuelo, porque me parecía que tenía bastante que ver con lo que se explicaba en la novela. No ha sabido responderme a casi ninguna pregunta. “Pero el abuelo era republicano, ¿verdad?” Mi padre respondió con rapidez: “Luchó en el bando de los republicanos. Estaba en zona republicana, pasaron con un camión y se lo llevaron al frente”. Ahí es cuando se me vino todo abajo: ya no podría continuar leyendo e imaginarme que mi abuelo era como los personajes que se me aparecían mientras leía. Yo creía que, como en la novela de Almudena, los que luchaban estaban totalmente convencidos de lo que hacían, pero mi padre se encargó de darme la versión no elaborada, la simple, la "automatizada", la que había vivido él: “No, al abuelo lo cogieron y se tuvo que ir al frente. El abuelo no era nada, estaba en zona republicana, pero no era nada. Si no te subías al camión, te mataban, así de sencillo”. Siempre había pensado que mi abuelo era republicano, me sentía orgullosa de ese pasado mío, nuestro. Por eso, cuando iba a la tumba de Antonio Machado y mi profesora de literatura colocaba la bandera republicana encima, yo temblaba por dentro porque sabía, creía, que esa bandera era también mía, de mi familia. “¿No te he contado lo de la manta?” “Sí, papá, me lo has contado un montón de veces, lo de que estaba en el paredón pero no le mataron...” Me lo había contado muchas veces, pero me lo volvió a explicar: “El abuelo estaba en el pelotón de fusilamiento, lo iban a matar, pero un hombre dijo: "A ése de ahí, no, ése se viene conmigo" y se lo llevó. El abuelo, antes de perder la guerra, lo había cogido prisionero, a él y su familia, y como vio que los niños tenían frío, le dijo: "Ahora, cuando yo desfile hacia el otro lado, usted levántese y coja mantas para sus hijos. Cuando yo me gire."El hombre hizo lo que el abuelo le dijo, ¡a ver! No le fusilaron porque le había dado una manta para sus hijos y se acordaba de él”. Me sabía la historia de memoria, me la había contado cuando era pequeña. Siempre me había fascinado. Me quedé callada porque me volvía a fascinar aunque la hubiera escuchado tantas veces. “El abuelo no era nada: si le dio la manta al otro...” Y ahí se acabó el comentario. Mi padre siguió pensando en sus cosas y no dijo nada más. Cuando perdió la guerra, le salvaron la vida, pero le quitaron los animales. Así la vida sería mucho más dura, sin nada que llevarse a la boca ni él, ni su familia. Yo proseguí: “Pero lo del dinero... En la novela los personajes cambian las pesetas por monedas de oro porque intuyen que ese dinero no va a servir para nada...” No me dejó acabar, no me miraba, no me había explicado nunca de dónde había salido aquel dinero. No creo que le diera vergüenza explicarlo, reconocerlo, pero no me miraba: “Ese dinero era del estraperlo. No lo cambió nunca porque le iban a preguntar de dónde sacaba él tanto dinero. Le iban a hacer preguntas”. Supongo que mi abuelo prefirió guardárselo porque todo el mundo pensaba que cuando los aliados ganaran, iban a echar a Franco. Pero, como muy bien denuncia (porque no lo dice, lo denuncia) Almudena, eso no fue así. Porque los españoles, y ahí está la denuncia, eran “los parias de la tierra”.
Empecé a leer la novela de Almudena con ese recuerdo en casi todas sus páginas. Pero a mitad de la lectura se me ocurrió preguntarle a mi padre, pues yo quería convertir a mi abuelo en un héroe como los del libro. Sin embargo, yo ignoraba que mi “abuelo no era nada”. Siempre había pensado que había sido republicano acérrimo y convencido por el tono con que mi padre lo decía. La novela me había ayudado a sentirme orgullosa de él. Pero “el abuelo no era nada”.
Mientras escribo esto sigo estando en estado de choc. Entusiasmada por una novela en la que todo es maravilloso, hasta el simple acto de vestir una camiseta de tirantes, de ponerse o no el cinturón de seguridad en el coche, todo es trascendental.
Leía ayer que no es tan interesante el argumento de una historia como el modo en que se cuenta la historia, lo del showing y el telling, vamos. Eso es lo que convierte la historia en relato, lo que permite que unos acontecimientos provoquen, no sólo intriga, sino placer en el que los lee.
Sabía cómo iba a acabar la novela y, sin embargo, su prosa, sus diálogos, cómo enreda y desenreda los blancos con los que el lector, acostumbrado a que todos los narradores le castiguen, se conforma a lo largo de novecientas páginas, me han retenido hasta el final. Conteniendo el aliento, enamorada de los actos pequeños y grandiosos de esos personajes que cierran o abren los ojos, que nos cierran o abren los ojos a los españolitos de pandereta que somos todavía hoy.
Almudena sabe, como nadie, desenredar lo nimio y convertirlo en grandioso, en irrepetible, en excepcional. Cuando mis alumnos me pregunten qué es la literatura, sé qué les voy a contestar la próxima vez: es convertir en grande, en prodigioso, algo pequeño, algo vulgar. No me digan ustedes que la historia que he contado yo de mi abuelo no es vulgar. Lo es porque sale en los periódicos y los medios hablan, de vez en cuando, de la memoria histórica. Y todas esas personas salen en una foto reclamando lo que creen que es suyo. Es una historia vulgar. Sin embargo, Almudena sabe enredar toda esa vulgaridad en el trabalenguas de las palabras, de las vivencias de personajes que no existen pero que son; trasciende lo normal a través de pensamientos que se repiten como se repite la vulgaridad, de comparaciones que rozan lo metonímico, de diálogos fluidos que parecen sacados de un guión escrito en un portal de Madrid o en la calle del pueblo de mi padre, donde las mujeres se sientan a comer pipas, a hacer punto, a ver cómo se divierten los niños en bicicleta pisando los excrementos de las ovejas que acaban de pasar minutos antes por allí. Y así, con esa espontaneidad, con esa naturalidad, con esa soltura, con esa gracia (palabra muy española, por cierto), van pasando las horas, igual de quietas que el paisaje manchego, un mar amarillo, que las rodea. Igual son los diálogos de esta novela.
Consigue que nos sintamos partícipes de ese mundo, de esa realidad que, para bien o para mal, aunque a algunos se les haya olvidado, aunque crean que nos hemos olvidado todos, es la nuestra. Guiños literarios que al lector avisado le hacen sentirse como en casa, autocitas continuas que el narrador recupera de modo que el lector sepa a qué clavo ardiendo tiene que agarrarse, escenarios madrileños por todos conocidos e intuidos, personajes reales, históricos que no aparecen ahí por su grandeza, sino para situarnos en lo que hoy somos después de ayer; expresiones y refranes que sólo los españoles (o los que han vivido en España durante mucho tiempo) podemos reconocer; palabras castizas que nos reconcilian con nuestra lengua, con el legado de los abuelos que hoy no están pero que, en Barcelona, seguían hablando como en la Mancha; decorados hogareños que sólo podemos imaginar (los más jóvenes, por lo menos) gracias a las películas de Almodóvar... El lector se tiene que rendir, indefenso, ante lo que es parte de la Historia, de su historia y llevarse a esos personajes a la cama, como si formaran parte de su intimidad.
Almudena rinde tributo a las personas que no tuvieron nombre y que pensaron en un mundo mejor; Almudena nos presenta a los que no tuvieron (no tienen, diría yo) memoria ni escrúpulos. Aparecen dibujados con simpatía los maestros, que arriesgaron sus vidas defendiendo la alfabetización para todos; las mujeres que fueron capaces de abandonar a los hombres grises por amor; los políticos que resistieron y los que no; los exiliados que lo perdieron todo pero nunca la dignidad; los que apoyaron el golpe pensando que iba a mejorar su país (porque las dos Españas, de eso estoy segura, siempre han querido lo mejor para este país, otra cosa es para qué ciudadanos de este país querían –y quieren- lo mejor); las mujeres que, de repente, se quedaban sin maridos y con las barrigas hinchadas; los que tuvieron que cerrar la boca y vivir toda la vida con miedo; los que enseñaron a sus hijos la bondad, aunque no fueran buenos. O aunque lo fueran, como la madre de Julio, una maestra que me recordaba a las mujeres de la película Libertarias pero también al maestro de La lengua de las mariposas. O aunque lo fueran y perdieran la bondad, o aunque lo fueran y perdieran todo, todo, menos la dignidad.
Faltan personas, personajes, faltan “los topos”, por ejemplo. Mi tío fue uno de ellos: vivió diez años escondido en una doble pared de su casa. Yo lo conocí cuando ya se había vuelto loco. “No es para menos, no es para menos”, pensé yo cuando le conocí. Yo tenía sólo nueve años.
Faltan personas porque la literatura suple la vida, nos da mil vidas más para vivir, además de la nuestra. Sin embargo, no nos las da todas. Por eso, por eso, seguimos leyendo, seguimos imaginando, seguimos concretando los blancos de las escritura.
Ahora, que acabo de cerrar esta novela, que he vuelto a mirar la contraportada, que he acariciado las tapas ya bastante arrugadas que la cubren, ahora ya me da igual que la historia de mi abuelo no sea la misma que la de estos héroes, que él no sea un héroe. Me basta saber que estos héroes existieron y que, si no existieron, Almudena los ha sabido dibujar con tanto amor, con tanta constancia, con tanto detalle... Yo, anoche, pude soñar con ellos.
Gracias, Almudena, gracias. Porque me has explicado, porque nos has explicado, a los treintañeros de hoy, lo que somos, lo que fueron nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros bisabuelos. Gracias por explicarnos lo que no explican en los manuales de historia, por recordarnos que es cierto, que en este país las manzanas están siempre en el suelo, nadie es culpable de haberlas tirado. Los culpables se pusieron maquillaje, como la madre de Álvaro, y ahí están, vestidos de azul.
Gracias.


5 comentarios:
¡Hermosa lectura!
Yo también la leí hará cosa de un año y recuerdo la misma sensación: me tuvo hipnotizada durante la totalidad de sus páginas; sólo desesaba tener un minuto libre para seguir leyendo. Eso me pasa con pocos libros, dos o tres veces al año, y es una experiencia tan potente y adictiva como un acto de amor.
Almudena tiene la capacidad de mostrarte realidades, hacerte interesar por la historia de nuestro país, y al mismo tiempo construir un mundo novelesco intenso del que te haces partícipe, te identificas...Leyéndola, vives más intensamente.
Me encantó El corazón helado y también Malena es un nombre de tango.
La historia de tu abuelo me resulta tan tierna como real...Sigue escarbando, que igual encuentras sorpresas ;))
un abrazo
Preciosa historia, Olga! me gusta mucho tu blog. A ver si voy encontrando tiempo para leerte. Yo tengo en la estantería esta novela pendiente de ese mismo tiempo. Leí Los Aires Dificiles y me encantó, también Castillos de Cartón (no sé si es exacto el título) y me gustó mucho también proque cada relato te trasnportaba a un mundo diferente. He visto a Almudena algunas veces por Granada, la Granada de su marido Luis García Montero, y en la feria del libro, pero nunca me he atrevido a saludarla. Su marido sí lo conozco, es profesor mío, como sabes. ¿Sigues con el tabajo sobre Almudena Grandes? besazos
He venido hasta ti siguiendo el enlace que has dejado en el blog. Descubro uno aquí, lleno de fuerza y originalidad, a la par que de sinceridad. La historia de tu abuelo es emocionante. Yo creo que si hubiera vivido la guerra civil me hubiera ido de España. Hubiera tenido miedo. No soy ningún héroe. Así hicieron JRJ, Pedro Salinas, Jorge Guillén. Fue atroz, a algunos que no eran nada les toco en un bando u otro. Todos se vieron implicados en un conflicto terrible. Admiro a Antonio Machado, pero no sé qué hubiera hecho si hubiera podido reunirse con su hermano en el bando nacional... Es una duda tremenda que he escuchado a biógrafos del poeta sevillano. Se convirtió en un icono del lado republicano, pero la realidad está construida a partir de historias menos heroicas como la de tu abuelo. Un placer haberte encontrado. No he leído Corazón helado, por lo que no puedo comentarlo. Un cordial saludo.
También llego como Joselu tirando de los hilos de la blogosfera. Tengo algunas novelas de Almudena Grandes en lista de espera y nunca sé por cuál empezar, así que quizá me anime con ésta.
En cuanto a las dudas que planteabas como recién llegada al mundo de los blogs, no te preocupes, porque la maestría no existe y sólo se trata de ir aprendiendo cada día, como exhibes en tu título (con la ventaja de que uno va a Google y pone las mágicas palabras "tutorial" y lo que sea, y se te abren todas las puertas del conocimiento).
Un saludo.
Gracias a todos por vuestras palabras, especialmente a ti, Antonio y a ti, Joselu, pues os leo desde hace tiempo y os habéis convertido ambos en referentes para mí.
Gracias de corazón.
Publicar un comentario